IGUALDAD A RAJATABLA por  Miguel Lorente Acosta, médico-forense.

21 abril, 2020 hablamos de feminismo

Sorprende el gran número de personas que cada vez que hablan de Igualdad y se refieren a las mujeres, terminen la frase con un “…y a los hombres también”. Así, por ejemplo, si se habla de que hay que desarrollar medidas para garantizar los derechos de las mujeres, de inmediato dicen, “…bueno, y los de los hombres también”. Si comentan que se debe garantizar el acceso de las mujeres a puestos de responsabilidad en la toma de decisiones, continúan con “…y el de los hombres también, claro”. Si el tema es la violencia y se plantea la adopción de medidas para responder ante la violencia de género que sufren las mujeres, concluyen con “…y contra la que sufren los hombres también, por supuesto”.

 

Y sorprende esa equiparación de las medidas dirigidas a resolver las situaciones que sufren las mujeres con los hombres, porque muchos de los problemas de las mujeres están ocasionados por las referencias estructurales de una cultura androcéntrica levantada sobre lo masculino, y formada por los elementos que los hombres han considerado convenientes para toda la sociedad. En ningún momento de la historia, cuando los hombres decidían estudiar, trabajar, dirigir, mandar… nadie ha dicho nunca “…y las mujeres también”. Todo lo contrario, se han adoptado medidas y promulgado leyes para impedirlo.

 

La desigualdad actual tiene un componente esencial y otro material. Es esencial en cuanto a su origen, esa decisión masculina sobre lo que es bueno, conveniente y necesario para toda la sociedad; y es material en cuanto al resultado práctico que ha llevado a considerar a los hombres más capaces y responsables y, por tanto, a que sean ellos quienes cuenten con espacios y circunstancias que se traducen en privilegios y ventajas a costa de la limitación de derechos y oportunidades para las mujeres.

 

Es la construcción cultural que se refleja de forma gráfica en las palabras del eurodiputado polaco Janusz Korwin Mikke, cuando desde la tribuna del Europarlamento pedía que se regulara para que las mujeres cobraran menos porque son “más débiles y menos inteligentes”.

 

Esa normalidad cultural que vincula la capacidad y la distribución de roles, funciones, tiempos y espacios a la condición de ser hombre y de ser mujer, es la que se traduce en desigualdad, discriminación y violencia bajo las justificaciones y argumentos que da la sociedad para que, incluso, las mujeres lleguen a decir lo de “mi marido me pega lo normal”.

 

Una situación que lleva a que una parte importante de la sociedad no entienda, o no quiera entender, que las políticas y las medidas de igualdad lo primero que tienen que hacer es corregir la injusticia histórica de la desigualdad, y que, en consecuencia, deben ir dirigidas a quienes están en esa situación de desigualdad, que son las mujeres, no los hombres. Por lo tanto, las acciones e iniciativas se tienen que aplicar sobre quienes necesitan corregir los factores estructurales que las sitúan en esas circunstancias, no a quienes no se ven afectados por dichos elementos.

 

A nadie se le ocurriría decir cuando se adoptan medidas para solucionar el racismo y la situación de las personas discriminadas por pertenecer a otros grupos étnicos, “…y para los blancos también”; o que si se dirigen contra la xenofobia y para ayudar a personas extranjeras, concluir con un “…y para los españoles también”; o que si se adoptan ayudas para las personas en paro argumentar “…y para las que están trabajando también”.

 

Todo ello refleja cómo la desigualdad es invisible y, lo que resulta más preocupante, desconocida e incomprendida para una gran parte de la sociedad. Y si no se conoce y no se sabe qué es, qué la origina y qué la mantiene, difícilmente podrá ser resuelta en su esencia, en esa estructura cultural que define la normalidad y da razones y argumentos para justificarla y explicar las consecuencias que aparecen dentro de ella, bien como algo habitual y sin importancia (por ejemplo, decir “mi marido me pega lo normal” ante la violencia de género cuando no es muy intensa), o bien como algo excepcional (por ejemplo, llegar a pensar que los asesinos por violencia de género actúan bajo la influencia del alcohol, las drogas o los trastornos mentales).

 

Quienes creen que llevar la Igualdad “a rajatabla” es la solución y la “igualdad de verdad”, demuestran su desconocimiento y su interés, por acción u omisión, para que todo continúe igual, es decir, con la desigualdad del machismo que premia a los hombres y discrimina a las mujeres.

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