GALICIA TIENE MÚSCULO EN IGUALDAD, PERO NO CAIGAMOS EN UN ESPEJISMO
María Dolores Fernández Galiño
Valedora do Pobo
Galicia siempre tuvo músculo de igualdad. En épocas donde nos negaban los derechos, Concepción Arenal, Rosalía de Castro o Emilia Pardo Bazán reclamaron la educación, la voz o el voto. La Constitución española de 1978 y el Estatuto de autonomía de 1981 abrieron el camino al pleno reconocimiento de esos derechos. Desde entonces, la Comunidad autónoma de Galicia avanzó mucho en la defensa y la promoción de la igualdad de mujeres y hombres, con unas leyes que fueron pioneras.
La Ley para la igualdad de mujeres y hombres (2004), supuso un cambio en relación con anteriores leyes autonómicas de igualdad dada su vocación para crear derechos coercibles más allá de manifiestos programáticos, y en su concepción transversal, se adelantó en tres años a la ley estatal sobre igualdad de género (2007).
La Ley del trabajo en igualdad de las mujeres de Galicia (2007) presentaba la particularidad de ser totalmente nueva por su temática centrada en el ámbito del empleo y las condiciones de trabajo, y por ello también fue calificada como ley pionera.
La Ley sobre la violencia de género (2007) también fue pionera pues, aunque se aprobó casi tres años después de la ley estatal de violencia de género (2004), su novedad radicaba en el concepto amplio de violencia de género, que no solo calificaba como tal la sufrida en el seno de la pareja o expareja, y que se ajusta mucho mejor al concepto ofrecido en instancias internacionales, y en particular al Convenio de Estambul (2011).
Las reformas de la Ley sobre la violencia de género mantienen una protección de vanguardia. En 2016, se incluyó como violencia de género la trata de mujeres y niñas con fines de explotación sexual. En 2021, se incluyeron la violencia vicaria y la digital.
La más reciente Ley para la igualdad de mujeres y hombres sustituyó las leyes de 2004 y de 2007 para seguir avanzando en medidas nuevas en materia de empleo y relaciones laborales, mayor atención a las mujeres en ejercicio de la prostitución, previsión de un estatuto de las mujeres agrarias, paridad en las administraciones autonómicas, espacios sin violencia o bancos municipales de tiempo.
Pero estos grandes avances a nivel normativo no pueden desconocer que la igualdad de género no se alcanzó aún. Muchas personas, y en particular las nuevas generaciones, viven en la idea de que la desigualdad es cosa del pasado. También yo incurrí en mi juventud en ese espejismo de igualdad. Cuando cursé el bachillerato en el instituto de mi pueblo, O Carballiño en Ourense, allá a principios de los ochenta, aún en el programa de estudios estaba la materia optativa de hogar, a la que, por cierto, no opté, preferí la de electricidad. Pero éramos una clase mixta, con chicos y chicas. Cuando me decidí a estudiar Derecho en la Universidad de Santiago, única entonces existente, el panorama se reprodujo. Aprendí, además, que la Constitución de 1978 imponía la igualdad y prohibía la discriminación.
Ese espejismo de igualdad en que vivía pronto se fue esfumando cuando empecé a ejercer mi profesión como jueza en órganos con competencias laborales y penales. Pude conocer de asuntos donde la trabajadora era despedida por su embarazo, o por ejercitar derechos de conciliación, o de asuntos de seguridad social donde se perjudicaba a las personas trabajadoras a tiempo parcial, mayormente mujeres. También, ya en el ámbito penal, de asuntos de asesinatos de mujeres por el hecho de ser mujer, de agresiones sexuales o de acoso sexual.
Ahora ya no existe la materia de hogar, pero aún los estereotipos nos encaminan a las labores de cuidado, y esto influye cuando no nos contratan o nos despiden por el embarazo o por el ejercicio de derechos de conciliación. Los hechos confirman que no parece ni de lejos que estemos al final de la violencia de género o de la violencia sexual.
Por todo ello, no podemos caer en un espejismo de igualdad. Los estereotipos que conforman el patriarcado siguen ahí, aunque cambien las leyes y ahora se proclame la igualdad. Unas leyes a las que damos la bienvenida y que en Galicia son pioneras, debemos estar orgullosos como gallegas y gallegos, pero que apenas llevan unas décadas en vigor frente a estereotipos de género que existen desde el origen de la civilización occidental.

