RUTH BADER GINSBURG, UNA JUEZA EN LA CORTE SUPREMA DE LOS ESTADOS UNIDOS DE NORTEAMÉRICA por Ricardo Pedro Ron Latas, Profesor Titular de Derecho del Trabajo (Universidad de A Coruña), Magistrado suplente de la Sala de lo Social del TSJ de Galicia.

23 febrero, 2021 actualidad, actualidade, hablamos de feminismo, Noticias

Ruth Joan Bader Ginsburg vino al mundo en el barrio de Brooklyn, de la ciudad de Nueva York (EE.UU. de Norteamérica), el día 15 de marzo de 1933, y falleció en Washington D.C. (EE.UU. de Norteamérica), en fecha 18 de septiembre de 2020, por un cáncer de páncreas. En el año 1993 fue nombrada por William Jefferson Clinton, cuadragésimo segundo presidente de los EE.UU. de Norteamérica, como jueza de la Corte Suprema de los Estados Unidos de Norteamérica, cargo que ostentó hasta su muerte el pasado año 2020. Pese a tratarse de una magistrada que ejerció su cargo en un Estado distinto al nuestro, su nombre es bien conocido en España. La razón de tal conocimiento no es el hecho de que haya sido la primera mujer en la Corte Suprema de los Estados Unidos de Norteamérica (que no lo fue), sino por su incansable labor en pro de la igualdad de género, que ha trascendido fronteras.

Ruth Bader Ginsburg, en efecto, no fue la primera mujer en acceder a la más alta magistratura de los Estados Unidos de Norteamérica. La persona a la que le corresponde tal honor no es otra que la jueza Sandra Day O’Connor. Nacida en El Paso (Texas) el 26 de marzo de 1930, fue nombrada jueza de la Corte Suprema de los Estados Unidos de Norteamérica en el año 1981, por Ronald Wilson Reagan, el cuadragésimo presidente de los Estados Unidos de América. Aunque menos conocida que la jueza Ginsburg, la jueza O,Connor merece ser destacada aquí porque durante su ejercicio de la magistratura en el alto tribunal estadounidense transitó desde una postura eminentemente conservadora a otra más liberal hacía el final de su carrera, como lo prueba el hecho de que apoyase el derecho fundamental al aborto y que tras su retiro haya presidido bodas entre personas del mismo sexo.

Volviendo a la jueza Ruth Joan Bader Ginsburg, aunque no pionera en este concreto aspecto, sí que su labor debe ser considerada relevante y disruptora en el ámbito jurídico con relación a la igualdad de género en un país en el cual su Constitución no la proclama. Resulta llamativo que uno de los países con mayor tradición democrática del mundo (asalto al edificio que alberga las dos cámaras de su Congreso incluido) no contenga en su carta Magna una referencia explícita a la igualdad de género. Existe, cuando menos desde 1923, el texto de la denominada “Enmienda de Igualdad de Derechos” o Equal Rights Amendment, en la que se proclama que Equality of rights under the law shall not be denied or abridged by the United States or by any State on account of sex (“La igualdad de derechos ante la ley no será negada o coartada por los Estados Unidos ni por ningún Estado por razón de sexo.”), pero la misma se encuentra empantanada desde ese lejano año. La razón no es otra que la exigencia constitucional de que la mayoría de los Estados Federales la ratifiquen (en 1971 fue aprobada por la Cámara de Representantes y por el Senado), tal y como dispone el art. 5 de la carta magna (“hayan sido ratificadas por las legislaturas de las tres cuartas partes de los Estados separadamente o por medio de convenciones reunidas en tres cuartos de los mismos”), lo que no ha sucedido hasta el momento. Curiosamente, gran parte de la culpa de la tardanza se le achaca a Phyllis McAlpin Stewart Schlafly, activista y política conservadora estadounidense, que promovió una agresiva campaña en contra de la ratificación.

Que no exista un reconocimiento constitucional a la igualdad de género, no significa que la misma no resulte de plena aplicación en el ámbito federal norteamericano, y aquí es donde interviene de manera especialmente relevante la figura de la jueza Bader Ginsburg. Su trayectoria académica comienza en los años 50 del siglo pasado en la Universidad de Cornell (Ithaca-Nueva York), donde se gradúa en Filosofía (Bachelor or Arts), para posteriormente (un par de años después) matricularse en la Facultad de Derecho de Harvard, donde la proporción de mujeres era de una entre cincuenta hombres. Aparentemente, su estancia en Harvard fue uno de los detonantes de su decisión de enfocar su carrera profesional hacia temas relativos a la igualdad de género. Sin duda, el hecho de que en una cena informal en la casa del decano de la Facultad de Derecho de Harvard este le preguntase (a ella y a las demás estudiantes de derecho que asistían al evento) qué era lo que hacía en su facultad, quitándole el puesto a un hombre («Why are you at Harvard Law School, taking the place of a man?»), encendió en ella una llama a favor de lucha en contra de las desigualdades de género que no se apagaría hasta su fallecimiento.  Ese mismo decano, haciendo gala de una repugnante misoginia, denegaría posteriormente a la jueza Bader Ginsburg su solicitud (derivada del traslado de su marido por razones laborales a Nueva York) de cursar su tercer año de derecho en Harvard en la Facultad de Derecho de Columbia (Nueva York), por lo que decidió finalizar sus estudios en esta última universidad.

Sus inicios profesionales no fueron fáciles. Con el título de licenciada en derecho bajo el brazo, inició la búsqueda de empleo, principalmente como asesora legal en el alguno de los tribunales de Nueva York, y tras varias negativas consiguió postularse como pasante en un tribunal de distrito de esa misma ciudad. Un par de años después abandona el foro, y consigue un puesto de investigadora asociada en su alma máter, la Universidad de Columbia. Su estancia en Columbia (junto con su desagradable experiencia en Harvard) resultará finalmente ser el detonante de su posterior lucha en favor de la igualdad de género. En ella se familiariza con el derecho escandinavo (llega a aprender sueco), y realiza una estancia de investigación en Suecia, donde observa que la igualdad de género se encuentra en un estadio mucho más avanzado que en su país natal, llegando a la convicción de que la misma es real y factible. A la vuelta inicia su carrera académica, dando clase en las universidades de Rutgers (Nueva Jersey), Columbia y Stanford (California), y funda la primera revista norteamericana en materia de igualdad de género: Women´s Rights Law Reporter.

Al inicio de la década de los años 70 del siglo pasado, mientras se encontraba impartiendo docencia en la Universidad de Columbia, la jueza Bader Ginsburg se convierte en cofundadora de la sección de derechos de la mujer en el Sindicato Estadounidense por las Libertades Civiles (American Civil Liberties Union), y un año después se convierte en su principal asesora legal. El sindicato fue creado en el año 1920, a la vista de las agresiones a las libertades civiles que la revolución rusa de 1917 provocó en los Estados Unidos, ya que (como se afirma en su página web), in November 1919 and January 1920 … Attorney General Mitchell Palmer began rounding up and deporting so-called radicals. Thousands of people were arrested without warrants and without regard to constitutional protections against unlawful search and seizure. Those arrested were brutally treated and held in horrible conditions. El resultado no fue otro que la creación del ACLU: In the face of these egregious civil liberties abuses, a small group of people decided to take a stand, and thus was born the American Civil Liberties Union.

Su labor en ACLU se caracterizó por las constantes batallas legales que entabló en favor de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, enfrentándose de manera frontal y decidida a la discriminación por razón de género, imperante en un importante número de leyes federales norteamericanas, logrando erradicarla en algunas de ellas. De todos los casos en los que participó, posiblemente el más notorio de todos fue el que se conoce como Reed v. Reed (404 U.S. 71, 1971), donde se decidió (con apoyo en la 14ª enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, que prohíbe negar a cualquier persona una protección legal igualitaria) que la discriminación basada en el género era inconstitucional, porque niega precisamente esa igualdad de protección que provee la carta magna, extendiéndola (no era el caso antes de 1971) a las mujeres.

Tras varios años de magisterio y lucha en el foro, y gracias a varias reformas legislativas, que aumentaron la necesidad de provisión de cargos judiciales, Ruth Bader Ginsburg se convierte en jueza federal el 18 de junio de 1980, tomando posesión como magistrada en el tribunal de apelaciones del circuito de Washington D.C. (United States Court of Appeals for the District of Columbia Circuit). Su paso por este tribunal no fue otra cosa más que una pequeña etapa en una carrera que culminaría en el año 1993, en el que fue nombrada por William Jefferson Clinton como jueza de la Corte Suprema de los Estados Unidos de Norteamérica. El día 22 de junio de 1993 “Bill” Clinton nombra a Ruth Joan Bader Ginsburg jueza de la Corte Suprema de los Estados Unidos de Norteamérica, ocupando el puesto dejado vacante por el juez Byron White.

Como no podía ser de otro modo, sus resoluciones más relevantes en el alto tribunal estadounidense no son más que un reflejo de su constante lucha en pro de la igualdad de género. Curiosamente, en alguna ocasión no tuvo más que decidir en favor de confirmar la interpretación dada en su momento a la decimocuarta enmienda, resolviendo que una u otra norma es contraria a ella, por ejemplo, en Estados Unidos v. Virginia (518 U.S. 515, 1996). Más allá de la igualdad de género, la jueza Ginsburg aporto interesantes doctrinas a propósito de pleitos relativos a las naciones indias (por ejemplo, en City of Sherrill v. Oneida Indian Nation 544 U.S. 197, 2005), discapacidad (en Olmstead v. L.C., 527 U.S. 581, 1999) y derecho a la intimidad en relación con la obtención de pruebas (Distrito Escolar Unificado de Safford v. Redding, 557 U.S. 364, 2009). En suma, su labor en el Tribunal Supremo muestra que su faceta de pensamiento neoliberal fue de suma importancia en la resolución de pleitos relativos a todos esos temas, incluidos el derecho al aborto, la pena de muerte o los derechos LGTBIQ.

En fin, solo resta por indicar que el cine norteamericano no ha sido ajeno a esa homérica labor de la jueza Bader Ginsburg. El ejemplo más significativo se estrena en el año 2018. Se trata del film Una cuestión de género, dirigida por Mimi Leder, con guion de Daniel Stiepleman, y protagonizada, entre otras, por Felicity Jones como la jueza Ruth Bader Ginsburg. Tal y como afirma la profesora de derecho procesal de la USC, Ana Rodríguez Álvarez, en su ficha didáctica sobre la película, publicada en la Revista Electrónica “Proyecto de Cine” (https://proyectodecine.wordpress.com/page/2/), “la película retrata la etapa de formación universitaria y los primeros años de ejercicio profesional de Ruth Bader Ginsburg, quien llegará a ser, no sólo un icono, sino también un referente moral dentro de la Justicia y de la sociedad civil estadounidense. Desde sus años en la Facultad de Derecho de Harvard hasta su intervención en el caso Moritz, Una cuestión de género refleja el compromiso de esta insigne jurista por la igualdad entre mujeres y hombres. Y, con ello, nos muestra la evolución de una lucha cuyo fin, desafortunadamente, todavía a día de hoy está lejos de vislumbrarse”.

 

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