RIESGOS Y CONTINGENCIAS PROFESIONALES EN CLAVE DE GÉNERO por Marta Fernández Prieto, Profesora Titular de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social, Universidad de Vigo

14 abril, 2020 hablamos de feminismo

 

En términos de género se aprecia, aunque de forma algo sesgada, que los hombres realizan trabajos más peligrosos y están más expuestos a los riesgos laborales. Ello es debido a que la seguridad y salud laboral ha puesto tradicionalmente su foco principal de atención en los accidentes de trabajo y ha relegado a un segundo plano las enfermedades profesionales y las enfermedades relacionadas con el trabajo. Ciertamente, las mujeres se ven menos afectadas que los varones por los accidentes laborales, pero suelen estar expuestas a riesgos laborales que provocan efectos perniciosos sobre su salud, sin obtener siempre, a diferencia de lo que sucede con los accidentes de trabajo, la adecuada cobertura prestacional de las contingencias profesionales.

Presumir que las patologías son neutras y afectan homogéneamente a hombres y mujeres significa minusvalorar la diversidad, máxime cuando la evaluación e identificación de los riesgos laborales se realiza conforme a un patrón de trabajador típico, varón, adulto, con contrato indefinido y a tiempo completo. Supone desconocer las diferencias anatómicas y fisiológicas entre ambos sexos, así como otros factores asociados a roles y a estereotipos de género. E impide ofrecer una adecuada protección ante riesgos que afectan de mayor modo o, simplemente, de forma diferente a las mujeres. La progresiva incorporación al trabajo de las mujeres en las últimas décadas, la segregación ocupacional, la feminización de determinados sectores y trabajos y, en particular, la concentración del empleo femenino en el sector terciario, son factores que exigen analizar con perspectiva de género los riesgos laborales y las contingencias profesionales.

Salvo en relación con el embarazo y la lactancia y quizás con el acoso, no existe suficiente conciencia, implicación y compromiso de los poderes públicos para afrontar, con un enfoque transversal y con la sensibilidad necesaria, los problemas de salud laboral que afectan específicamente a las trabajadoras. Patologías músculo-esqueléticas, problemas crónicos de salud y problemas relacionados con el dolor y la fatiga, como la fibromialgia o el síndrome de fatiga crónica, son trastornos prevalentes entre las mujeres, que pueden verse producidos o acrecentados con la realización del trabajo y con la doble carga de trabajo doméstico y de cuidado a la familia. Y ello, al margen de otras dolencias exclusivas de las mujeres, como alteraciones en la menstruación o incluso trastornos crónicos, como la endometriosis, no vinculadas a la salud laboral y difíciles de diagnosticar, pero que pueden incapacitar, incluso con carácter permanente, para el trabajo, señaladamente en profesiones con requerimientos físicos.

La falta de tratamiento específico como riesgos laborales de algunas de las dolencias que afectan mayormente a las mujeres, dificulta la actividad preventiva, pero también, en algunos casos, el acceso a las prestaciones derivadas de contingencias profesionales que deberían corresponderles, cuando el daño a su salud se produce con ocasión o por consecuencia del trabajo. Urge, pues, integrar la perspectiva de género en la salud laboral y eludir la neutralidad u homogeneidad existente y mal entendida, que encubre, aunque no intencionalmente, diferencias de género en los patrones de accidentes de trabajo y enfermedades profesionales y en el acceso y cuantía de las prestaciones.

Los riesgos feminizados están, en parte, vinculados a la ergonomía y no deterioran su salud de forma inmediata sino lentamente. Existen diferencias anatómicas, en el cuerpo de hombres y mujeres, que inciden en que estas, por sus propias condiciones físicas, estén más expuestas a patologías músculo-esqueléticas y reumáticas, cuando sus trabajos requieren posturas forzadas y mantenidas en el tiempo, movimientos repetitivos, manipulación de cargas, temperaturas frías, trabajo en alturas o, simplemente, un esfuerzo físico derivado de posiciones estáticas como la bipedestación prolongada. Esa exposición es elevada en algunos de los trabajos más feminizados, como los de la limpieza, la atención a personas dependientes, el trabajo en supermercados y comercio en general, o gran parte de las actividades con mayor presencia femenina en los sectores textil, agrario o pesquero.

Pero más allá de las diferencias físicas, deben tenerse en cuenta también diferencias de socialización, de roles y de estereotipos, así como la asunción por las mujeres de tareas domésticas y de cuidado y su doble presencia, en el trabajo y en el hogar. Las trabajadoras son especialmente proclives a riesgos psicosociales, vinculados a la infravaloración del empleo femenino, las dificultades de acceso y permanencia en el mercado de trabajo, la segregación horizontal y vertical, la mayor precariedad laboral o a la deficiente organización del tiempo de trabajo y de cuidado del hogar y la familia. Los empleos del sector terciario, más feminizados, están particularmente expuestos a exigencias psicológicas, falta de autonomía, aislamiento, pérdida de estima, trato degradante… Estos riesgos se asocian a muy diversos trastornos cardiovasculares, mentales, respiratorios, gastrointestinales, dermatológicos, músculo-esqueléticos, inmunitarios o endocrinos.

La prevención debe, pues, acometerse en clave de género para evitar los riesgos eludibles, con el acondicionamiento de los lugares de trabajo, adecuados equipos de protección laboral individual, formación específica… Pero también es preciso integrar en el cuadro de enfermedades profesionales, para su adecuada protección, las patologías vinculadas al trabajo que realizan las mujeres, principalmente en sectores y actividades feminizados. No en vano, existe un fuerte desequilibrio entre la cobertura como contingencias profesionales de enfermedades ligadas a trabajos tradicionalmente masculinos y la obtención de prestaciones vinculadas a enfermedad común, para las ligadas a trabajos feminizados. El acceso a estas prestaciones exige requisitos más rigurosos, que no siempre  cumplen las mujeres, con carreras de carencia habitualmente más cortas. Su cuantía, asimismo, es inferior a la que la trabajadora percibiría si el hecho causante de la prestación se derivase de un accidente laboral o una enfermedad profesional.

Por lo demás, tampoco se tiene en cuenta en la negociación colectiva el mayor impacto de determinados riesgos laborales en las mujeres, ni en la prevención de riesgos ni frente a la protección de las contingencias profesionales. En general, los convenios colectivos tratan de forma diferente accidentes de trabajo y enfermedades profesionales y tienden a excluir o minorar la cobertura de las mejoras voluntarias, a cargo del empresario, cuando la prestación deriva de una enfermedad profesional. Esas cláusulas, aun formuladas en términos neutros, pueden ocultar una discriminación indirecta por razón de género, al menos cuando sitúan a las mujeres en desventaja particular con respecto a los varones, que sufren con más frecuencia accidentes de trabajo.

En definitiva, el empleo de patrones supuestamente neutros en la evaluación de los riesgos laborales y en la adopción de medidas preventivas o reactivas dificulta la integración de las perspectiva de género y la atención singularizada de los factores biológicos y psicosociales diferenciales, que inciden en la salud femenina y que deben ser tomados en consideración para una protección integral de la trabajadora. Pero también deben visualizarse, con idéntica perspectiva, enfermedades comunes, de alta prevalencia femenina, sujetas habitualmente, en un contexto predominantemente patriarcal, a estereotipos sexistas, como la presunta debilidad femenina o la normalización del dolor menstrual.

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