Perspectiva de género en la pandemia del COVID-19 por María Paz García Rubio. Catedrática de Derecho Civil de la Universidad de Santiago de Compostela.

25 marzo, 2020 hablamos de feminismo

 

 

 

La pandemia del COVID-19 nos afecta a todos, hombres y mujeres. Durante estos días -que de pronto son años, como diría el cantautor- un buen número de personas estamos confinadas en nuestras casas; otras siguen acudiendo a sus lugares de trabajo en transportes públicos fantasmales para llegar a un destino donde el enemigo invisible puede estar en un pomo de una puerta o un interruptor de la luz; en el caso de los profesionales sanitarios y no sanitarios que trabajan en hospitales y residencias de ancianos el enemigo, igual de invisible, se hace más grande  y más peligroso.

 

Todos estamos amenazados y a todos nos incumbe. Pero también la pandemia del COVID-19 tiene una lectura de género, y no es baladí, ni secundaria, ni es irrelevante conocerla para luchar con las mejores armas posibles en esta guerra que nos ha sorprendido sin estrategia alguna.

 

En una publicación prestigiosa (The Lancet,  vol. 395, Issue 10227, pp-848. March 14, 2020 https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(20)30526-2/fulltext) se ha destacado que el conocimiento de cómo la enfermedad afecta de modo diferente a hombres y mujeres es un paso fundamental para entender sus efectos, primarios y secundarios, tanto en individuos como en comunidades, lo cual resulta imprescindible para realizar intervenciones de salud eficaces y equitativas. Parece que los datos fiables con los que hasta ahora se cuenta, procedentes de China y desagregados por sexos, muestran una incidencia similar entre los hombres y las mujeres en cuanto al contagio y desarrollo de la enfermedad; sin embargo, esas mismas cifras evidencian una mayor mortalidad entre los hombres basadas en razones inmunológicas y sociológicas, como la mayor repercusión del tabaquismo entre los varones, quienes también padecen en mayor medida que las mujeres enfermedades cardiovasculares, las cuales constituyen un factor de riesgo en esta nueva enfermedad. No creo equivocarme si digo que parecida es la situación en el caso español, aunque hasta ahora los datos sean muy escasos e incompletos (web del Ministerio de Sanidad, https://www.isciii.es/QueHacemos/Servicios/VigilanciaSaludPublicaRENAVE/EnfermedadesTransmisibles/Documents/INFORMES/Informes%20COVID-19/Informe%20COVID-19.%20Nº%2012_20marzo2020_ISCIII.pdf).

 

Pero otros datos que sí conocemos ponen en evidencia los riesgos especialmente femeninos o feminizados que plantea el COVID-19. Se subraya que la inmensa mayoría de las enfermeras y otro personal auxiliar que tienen que tratar a enfermos graves con el virus de manera más directa y peligrosa son mujeres, lo que de nuevo es perfectamente extrapolable a nuestro país. Aunque no se dice en el estudio del que me hago eco, creo que otro tanto sucede con quienes trabajan en centros hospitalarios o en residencias de mayores donde están ingresadas personas especialmente vulnerables ante esta enfermedad; y lo hacen no solo en funciones estrictamente sanitarias, sino también en otras como la limpieza de los centros u otras tareas como cocina o  lavandería, en las que el sexo femenino está sobrerrepresentado y por tanto tiene mayor oportunidad de contagio.

 

Pero son las labores de cuidado, formales e informales, las que tradicionalmente han sido realizadas por mujeres y lo continúan siendo a día de hoy sobre las que quiero llamar la atención. La situación actual no hace sino acrecentar la necesidad de ese tipo de labores, para cuidar a los enfermos menos graves en sus casas, para atender a niños con las escuelas cerradas que demandan continua atención y asistencia de todo orden, para manejar las tareas domésticas, que siguen siendo predominantemente femeninas y que son hoy más complicadas que nunca en la situación de confinamiento, probablemente origen de especial confusión, caos y estrés. Las repercusiones que eso puede tener en la salud de estas mujeres todavía es un futurible imposible de predecir, pero no cabe duda de que existirán y no serán desdeñables.

 

Desde el punto de vista económico, las semanas que han pasado desde el inicio de esta enorme crisis sanitaria ya han puesto de manifiesto que de ella derivará otra crisis económica de unas dimensiones todavía impredecibles, pero que, sin duda, serán muy importantes; probablemente la crisis económica más importante en generaciones. Muchas personas están perdiendo sus empleos y muchas más los perderán en las próximas semanas y meses; como siempre sucede en estos casos, las mujeres con peores trabajos y peores oportunidades de empleo serán también, con probabilidad rayana en la certeza, más golpeadas que los hombres.

 

Desde la perspectiva laboral, hay dos colectivos de trabajadoras que me causan especial desazón. Por un lado, las empleadas en el servicio doméstico, el empleo feminizado por excelencia, en el que muchas trabajadoras no cuentan con contratos que garanticen la integridad de sus derechos laborales; durante estos días buena parte de ellas están encerradas en sus casas sin poder ir a su lugar de trabajo y con la convicción mayoritaria de que al menos mientras no trabajen no cobrarán su sueldo; espero que se equivoquen y desde aquí pido que el empleador o empleadora cuyas condiciones económicas se lo permitam siga pagando el salario y no resuelva el contrato, salvo que así lo quiera la prestadora del servicio; otras siguen yendo a trabajar porque sus empleadores son totalmente dependientes de ellas, en un sentido o en otro; para este caso lo que reclamo es que se valore ese trabajo impagable, pagándolo como se merece.

 

Por otro lado, me permitirá el lector que vuelva a las ya aludidas trabajadoras de empresas de limpieza; me he referido más arriba a las que lo hacen en hospitales y residencias de mayores; extiendo ahora la mención a las que prestan sus servicios en grandes superficies, almacenes y empresas de toda naturaleza que en estos días no han llegado a cerrar pero que, en su mayoría, han minorado la producción; me consta que en muchos casos las “mujeres de la limpieza” siguen yendo a trabajar a diario, con el consiguiente riesgo para su salud que otros empleados de esas mismas empresas no corren, o lo hacen un mucha menor medida; también los trabajadores varones equiparados que se dedican, por ejemplo, a la limpieza de ventanas y que estos días están exonerados de hacerlo; ellas no, siguen limpiando pomos, barandillas, interruptores de la luz, baños, para mayor tranquilidad de los que tienen que trabajar in situ y de los que están en sus casas dirigiendo al personal; sin duda, estas mujeres tienen un riesgo añadido.

 

El espacio del que dispongo no me permite alargarme mucho más; voy a finalizar recordando a otro grupo de mujeres que en estos días corren un riesgo especial, del que también se han hecho eco algunos medios de información: las parturientas. La alarmante situación de saturación y falta de medios en algunos de estos centros están, con seguridad, en el origen de algunos contagios del virus a estas mujeres que acuden a los centros sanitarios para dar a luz a sus hijos y que, por ello, están en una especial situación de vulnerabilidad.

 

Han sido estas unas líneas precipitadas, más sentidas que meditadas. En otra ocasión me detendré sobre aspectos jurídicos de la relación entre la mujer y el COVID-19. Hoy solo quería llamar la atención sobre el hecho de que también en esta espantosa crisis hay una perspectiva de género que no debemos desdeñar.

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