Olympe de Gouges (Montauban 1748-París 1793) por Ricardo Pedro Ron Latas, Profesor Titular del Derecho de Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad de A Coruña.

18 noviembre, 2019 hablamos de feminismo

 

 

Olympe de Gouges nació el 7 de mayo de 1748 y fue bautizada como Marie Gouze en la localidad de Montauban, situada en el suroeste de Francia (capital y prefectura del departamento de Tarn y Garona en la región de Occitania).  Su padre, Pierre Gouze (1716-1750), que se encontraba ausente en el momento de su bautizo, era carnicero, y su madre, Anne-Olympe Mouisset (1714-¿1784?), unos dicen que vendedora de objetos de tocador y otros que sirvienta, era hija de abogado perteneciente a una familia de comerciantes de telas; en suma, una familia de la humilde burguesía dentro del Antiguo Régimen anterior a la Revolución Francesa. Posteriormente, la rumorología señalará la posibilidad de que su verdadero padre pudiese haber sido Jean-Jacques Lefranc (o Le Franc), Marqués de Pompignan (Montauban 1709–París 1784), un hombre de letras y erudito, e incluso el propio Luis XV, rey de Francia y de Navarra​ (Versalles 1710-Versalles 1774).

Tal y como sucedía habitualmente en aquella oscura época, fue obligada a casarse (la propia Olympe se refería al matrimonio en general como una tumba de la confianza y el amor) a la temprana edad de 17 años. La boda tuvo lugar en Montauban el 24 de octubre 1765. Su marido, llamado Louis-Yves Aubry (1740-¿1773?), era un oficial del Gobernador de Montauban y mucho mayor que ella. Unos meses después del enlace nace el único hijo de ambos, Pierre Aubry de Gouges (Montauban 1766-Guayana Francesa 1803). Pocos años más tarde, su marido fallece, dejándole una renta (se dice que de unos 70.000 francos de la época) que le permitirá trasladarse a París con su hijo de pocos años de edad.

Al poco tiempo de llegar a Paris, empieza a utilizar el seudónimo de Olympe de Gouges por el que la conocemos hoy, usando para ello el nombre de su madre y el apellido de la familia de su padre. En la capital francesa se dedicará al cuidado de su hijo, procurando otorgarle la mejor educación posible, y a cultivar su verdadera vocación, la literatura. A tal fin, será una asidua de los ambientes literarios del París de la época, lo que a su vez llevará a Olympe a interesarse por la política, publicando diversos escritos de tal carácter.

En París, Olympe acabará creando su propia compañía teatral (a pesar de la misoginia imperante en el ambiente de la farándula), un teatro itinerante, con decorados y disfraces, que actuará por diversas ciudades y pueblos cercanos a Paris. Al mismo tiempo, se dedica a la ardua labor de la escritura teatral, que se acabará plasmando en más de una docena de títulos. La primera de sus obras teatrales, “Le mariage inattendu de Chérubin” (localizable en https://fr.wikisource.org/wiki/Le_Mariage_inattendu_de_Chérubin y https://archive.org) la publicará en 1786. A lo largo de su vida, Olympe se mostrará como una prolífica escritora, firmando varias decenas de obras teatrales, novelas y panfletos políticos.

Con todo, lo que realmente nos permite considerar a Olympe una mujer extraordinaria y realmente avanzada para su época es su labor política durante la etapa de la Revolución Francesa. Tal y como nos dicen sus biógrafos, en los inicios de la Revolución “independientemente de su teatro político que se jugó en París y en las provincias …, la pieza que hizo famoso a Olympe de Gouges es la esclavitud de los negros, o el afortunado naufragio, publicado bajo este título en 1792 pero registrado en el repertorio de la Comédie-Française el 30 de junio de 1785 bajo el título de Zamore y Mirza, o El feliz naufragio”. Se trataba de una pieza teatral de denuncia del sistema esclavista francés, especialmente audaz y arriesgada en el contexto del Antiguo Régimen, que fue aceptada con cierta reticencia por la intelectualidad de la época, y que a ella le valió múltiples amenazas de muerte, especialmente de los dueños de esclavos.

La labor política de Olympe fue especialmente intensa en los inicios de la Revolución Francesa. Según nos confirman sus biógrafos, “en 1788, el Periódico general de Francia (Journal général de France) publicó dos de sus folletos políticos, tratando uno de ellos de su proyecto de impuesto patriótico que desarrollará más tarde en su famosa Carta al pueblo (Lettre au Peuple). El segundo dibujaba un amplio programa de reformas sociales. Estos escritos fueron seguidos de folletos que dirigía periódicamente a los representantes de las tres primeras legislaturas de la Revolución, a los Clubes patrióticos y a diversas personalidades como Mirabeau, La Fayette y Necker a los que admiraba. Se calcula que fueron cerca de 30 panfletos. Fundó varias Sociedades Fraternas para ambos sexos”.

Los ideólogos de la Revolución Francesa fueron inicialmente proclives a aceptar las ideas políticas de Olympe, al tratarse de una firme defensora de las ideas liberales nacidas con la Revolución. No obstante, el desgraciado advenimiento en septiembre de 1793 del denominado reinado de “El terror” llevará a Olympe a combatirlo, acabando sus días delante del verdugo, siendo guillotinada el 3 de noviembre de 1793. Al parecer, el detonante de su ejecución será una carta enviada a Robespierre, en la que cuestionaba al propio revolucionario y sus métodos.  No obstante, sus biógrafos destacan el hecho de que al parecer la animadversión que suscitó en el nuevo poder político (Asambleas y Convención) vino propiciada sobre todo por sus escritos de carácter político, en los que criticaba sin pudor los desmanes de la época.

Dentro del amplio legado literario y político de Olympe, destaca muy especialmente su labor a favor de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, inicialmente plasmado en alguna de sus obras literarias (por ejemplo, en el cuento oriental le Prince philosophe, de 1792). Sin embargo, la obra que realmente manifiesta la verdadera grandeza de Olympe será su Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana (http://www.siefar.org/wp-content/uploads/2015/09/Gouges-D%c3%a9claration.pdf, o en su edición en castellano http://clio.rediris.es/n31/derechosmujer.pdf), que puede considerarse el primer escrito político en abordar la igualdad de género.

La Revolución Francesa fue de hombres, no de personas, esa es la queja de Olympe. Su manifiesto comienza así: “Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta; por lo menos no le privarás ese derecho. Dime, ¿qué te da imperio soberano para oprimir a mi sexo? ¿Tu fuerza? ¿Tus talentos? Observa al Creador en su sabiduría, observa en toda su grandiosidad esa naturaleza con la cual parece que quieres estar en armonía, y dame, si te atreves, un ejemplo de su imperio tiránico.

Dirígete a los animales, consulta los elementos, estudia las plantas, finalmente echa un vistazo a todas las modificaciones de la materia orgánica, y ríndete a la evidencia cuando yo te ofrezca los medios; busca, prueba, y distingue, si tú puedes, los sexos en la administración de la naturaleza. Allí donde mires los encontrarás mezclados, en todas partes cooperan en armoniosa unión en esta obra maestra inmortal.

El hombre ha levantado sólo sus circunstancias excepcionales desde un principio. Extraño, ciego, hinchado con la ciencia y degenerado —en un siglo de ilustración y sabiduría— en la ignorancia más crasa, él quiere ordenar como un déspota a un sexo que está en la plena posesión de sus facultades intelectuales; él finge para gozar la Revolución y reclamar sus derechos a la igualdad sin decir nada más acerca de ello…”.

De este modo, la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana puede ser considerado el primer escrito jurídico relativo a la efectiva igualdad de género. Su razón de ser no es otra que la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente francesa el 26 de agosto de 1789. Su lectura hoy al igual que entonces nos manifiesta que se trataba de un documento legal redactado por y para hombres. Esa lacra moral de la Revolución Francesa fue lo que suscitó el Olympe la necesidad de manifestar que los derechos inalienables, naturales y sagrados que en ella se consagraban debían referirse a hombres y mujeres por igual: “Las madres, hijas, hermanas, representantes de la nación, piden que se las constituya en asamblea nacional. Por considerar que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de los males públicos y de la corrupción de los gobiernos, han resuelto exponer en una declaración solemne, los derechos naturales, inalienables y sagrados de la mujer a fin de que esta declaración, constantemente presente para todos los miembros del cuerpo social les recuerde sin cesar sus derechos y sus deberes, a fin de que los actos del poder de las mujeres y los del poder de los hombres puedan ser, en todo instante, comparados con el objetivo de toda institución política y sean más respetados por ella, a fin de que las reclamaciones de las ciudadanas, fundadas a partir de ahora en principios simples e indiscutibles, se dirijan siempre al mantenimiento de la constitución, de las buenas costumbres y de la felicidad de todos”.

En el documento Olympe parafrasea la Declaración de 1789, sobre la base de que “la mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos. Las distinciones sociales sólo pueden estar fundadas en la utilidad” (artículo 1º). La autora defiende en todo momento la igualdad de derechos, la capacidad y utilidad de hombres y mujeres para legislar: “La ley debe ser la expresión de la voluntad general; todas las Ciudadanas y Ciudadanos deben participar en su formación personalmente o por medio de sus representantes. Debe ser la misma para todos; todas las ciudadanas y todos los ciudadanos, por ser iguales a sus ojos, deben ser igualmente admisibles a todas las dignidades, puestos y empleos públicos, según sus capacidades y sin más distinción que la de sus virtudes y sus talentos” (artículo 6º).

La Declaración vio la luz pública el 14 de septiembre de 1791, unas pocas semanas después de la publicación de la Declaración de 1789, con el fin (según se afirma por algunos autores) de “alcanzar el universalismo que debió contemplar, desde un principio, la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano”. Lo revolucionario del planteamiento de la autora es innegable. En una época como la suya, expresar ideas como las que se contienen en Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana resulta a día de hoy un acto de valentía y coraje que resulta incluso desconocido en la actualidad por algunas de las democracias más antiguas de la civilización occidental. Un ejemplo de ello lo encontramos en la propia Constitución de los Estados Unidos de América, en cuyo texto no existe referencia alguna a la igualdad de género, hasta el punto de que la única enmienda al respecto, que fue aprobada por las dos cámaras de su Congreso en 1972, no fue ratificada en su momento por todos los Estados necesarios para ello, por lo que el plazo para su ratificación expiró hace décadas.

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