LOS HIJOS MENORES COMO INSTRUMENTO DE LA VIOLENCIA MACHISTA por Miguel Filgueira Bouza, Magistrado de la Audiencia Provincial de A Coruña.

07 abril, 2021 actualidad, actualidade, hablamos de feminismo, Noticias, Sin categoría

En cada ámbito profesional parece que existe la costumbre, quizá la necesidad, de usar una terminología específica que resulta muchas veces incomprensible para los extraños, para las personas ajenas.

También sucede en el ejercicio del derecho penal. Por ejemplo, los concursos de delitos que, a pesar de decirse concursos, sólo tienen como premio un castigo distinto.

Los hay de distintas clases, ahora me importa uno, el medial, y no como problema teórico, procuro atender más bien la realidad, sino sólo para transmitir una idea. Concurso medial, se produce cuando una persona comete un delito como instrumento de otro, el primero sería sólo la forma de obtener la finalidad buscada, el segundo. Un ejemplo sencillo, se falsifica un documento para cometer una estafa.

La lógica de las cosas, si lógica puede haber en la comisión de delitos, quizá llevara a pensar que el instrumento normalmente debía resultar más leve que la finalidad, que el primer delito, sólo un medio, debería ser de menor entidad que el principal, el que mueve la acción. En otro caso parece que se estaría matando moscas a cañonazos, como tantas veces se dice.

Pero surge, muchas veces, la perversión, desde luego cuando hablamos de violencia de género.

Pienso en supuestos no tan raros. Ese varón, llamémosle así, que hace la vida imposible a otro que le es extraño, por ejemplo con llamadas inquietantes, causándole desperfectos en el vehículo, provocando enfrentamientos con él, sólo porque es el actual novio, o pareja, de SU (posesivo) ex. Ese varón, y es lo último, capaz de asesinar al propio hijo, o hijos, sólo para hacer daño, el que imagina máximo, a la madre, SU (otra vez el posesivo) ex.

Y junto con la perversión, aunque sea la máxima concebible, nace muchas veces la paradoja.

Porque la finalidad principal de ese varón tan sutil, si puedo decirlo así, como maltratador (esto segundo lo digo convencido), permanece, demasiadas veces, inadvertida, silente.

Hace, en el primer ejemplo, la vida imposible a un extraño sólo para represaliar a su mujer, cuando ejerce su facultad, derecho, de elegir, de decidir. Cuanto menos, coacciones a la mujer, pues perturba en esa forma su libre desarrollo, violencia de género. Mata, en el segundo, sólo para hacerla sufrir, también como represalia, y lo consigue sin duda, delito de lesiones psíquicas, violencia de género, como toda, pero si cabe aún más, odiosa, simplemente odiosa.

Y resulta que, demasiadas veces, queda inadvertido, sin respuesta. El proceso penal se ciñe, en los juzgados ordinarios, a los actos protagonizados contra el otro hombre, la actual pareja, a la muerte de los menores, que tanto solemos decir que son también víctimas de la violencia de género. Con olvido del delito principal, esas coacciones a la mujer, esas lesiones a la mujer, esa violencia de género así refinada.

Pues no. En realidad, concurso medial, dos delitos en franca relación, que, por ello, deben enjuiciarse conjuntamente, y uno, aunque sea penado más levemente, propio, característico, de la violencia de género, de la jurisdicción específica de la violencia de género. Porque seguimos hablando, en estos casos y de manera evidente, de violencia de género.

Aún recuerdo la impotencia que transmitía una asesora de un CIM cuando me explicaba que no conseguía que una mujer, madre desprovista de su hijo en estas maneras, fuera tratada por especialistas como víctima de violencia.

Y no es justo, simplemente. Queda camino.

 

 

 

 

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