LAS MATEMÁTICAS EN LA VIOLENCIA DE GÉNERO VERSUS HISTORIAS DE VIDA TRUNCADAS Juana María Gil Ruiz Catedrática de Filosofía del Derecho de la Universidad de Granada.

23 diciembre, 2019 hablamos de feminismo, Menores, Violencia de género

 

 

Hay veces que los números son algo más que matemáticas. España ya ha superado sobradamente las mil mujeres asesinadas (que no muertas) por violencia de género de mano de sus parejas y/o exparejas en 2019, desde que comenzaran a contabilizarse desde 2003. No obstante, estas cifras no incluyen las mujeres asesinadas por hombres con quienes no mantenían o habían mantenido una relación sentimental.

Los registros de asesinatos (y sigo negándome a aceptar que son meras muertes) tampoco han sumado aquellos propinados a menores, con la clara intención de dañar (de matar el alma) de sus madres por parte de sus progenitores, España sólo registra los asesinatos de niños y niñas como víctimas de violencia de género desde 2013. En lo que llevamos de año, -con datos actualizados de 24 de octubre de 2019 por el Ministerio de la Presidencia, Relaciones con las Cortes e Igualdad-, ya han sido masacrados 34 menores, pequeños inocentes que mueren, no por letales enfermedades naturales, sino porque sencillamente alguien –erigiéndose sobre su poder en tanto que pater familias– propina violencia desmedida sobre ellos, ejerciendo, por ende, la mayor violencia sobre sus madres.

Pero como los números son algo más que matemáticas, hemos de seguir sumando. El año más cruento de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en España fue 2008 con 76 víctimas mortales, sin perder de referencia en el ranking el año 2010 con 73, 2003 con 71, 2004 con 72 y 2007 con 71. En 2005, y siguiendo con los datos del Ministerio de la Presidencia, actualizados a 4 de diciembre de 2019, los agresores mataron en España a 57 mujeres, a 69 en 2006, a 57 en 2009, a 62 en 2011, a 51 en 2012, a 54 en 2013, a 55 en 2014, a 60 en 2015, a 49 en 2016, a 50 en 2017, a 51 en 2018 y a 56 en lo que llevamos de 2019. Junto a los números, hay causalidades (que no casualidades) que nos deberían hacer reflexionar. La víctima número 1000 en España, Ana Lucía Silva, de 49 años, fue asesinada por su pareja quien, curiosamente se encontraba en libertad condicional por el asesinato de su anterior compañera sentimental, y quien tras cometer el crimen optó por incendiar la vivienda y suicidarse, con lo que tantos esfuerzos legislativos centrados en el ámbito penal –y que tienen que ver con incrementos de penas privativas de libertad- servirán de poco. A nadie se le escapa que de poco servirá meter a “un muerto” en la cárcel.

Pero en tanto que estamos inmersos en la dinámica de sumar, sin duda hay que computar también un total de 276 menores que han quedado huérfanos desde 2013. Hablamos de 42 ese año, 43 en 2014, 51 en 2015, 29 en 2016, 26 en 2017, 39 en 2018 y 46, en principio, en lo que va de 2019 (con datos actualizados de 24 de octubre de 2019, según ficha estadística de menores víctimas de violencia de género del Ministerio de la Presidencia, Relaciones con las Cortes e Igualdad)

A veces, no sólo interesan las cantidades sino las calidades; no sólo interesan los números sino las historias. Y si antes hablábamos de Ana Lucía Silva, de su historia, y de su número, la 1000; ahora toca hablar de Itziar Prats, la madre de dos menores –o mejor dicho, de dos números- del año 2018; esto es, hablamos de la historia de Nerea y Martina, dos niñas de apenas dos y seis años cuyo padre –pater familias– asesinó el 25 de septiembre de 2018. Después de matarlas, al igual que hiciera el asesino de Ana Lucía Silva, éste optó por suicidarse, tirándose por la ventana.

Quiero reparar en esta historia porque visibiliza claramente la invisibilidad que aún hoy –pese a los recientes avances legislativos- sigue teniendo la violencia de género y sus víctimas. La insistencia de algunas voces en seguir diluyendo la violencia de género en violencia doméstica o intrafamiliar; la persistencia en idolatrar la figura del pater familias versus los derechos de las mujeres y de los menores a la vida, a su integridad, a la seguridad, a la igualdad; la bipolaridad entre los valores del Derecho (apenas acuñados con leyes referenciales como la L.O.1/2004, de 28 de diciembre de 2004; o la L.O.8/2015 que realiza una definición del concepto de interés del menor), y los valores de los operadores jurídicos centrados en estereotipos patriarcales propios de una sociedad adultocentrista, enferma y patriarcal. En definitiva, esta historia de vida repasa los fracasos de un sistema que junto a la violencia desmedida propinada por el agresor a Itziar y a sus hijas, Nerea y Martina, remata con un conjunto disjunto de irracionalidades y absurdos, en derredor al régimen de visitas, a la no valoración del riesgo de los menores, y a la consideración de incongruente –luego poco verosímil- petición de la agredida de protección frente al agresor. Como dice el refrán y nunca mejor que ahora: Entre todos la mataron y ella solo se murió. Lástima que en este caso haya que poner este dicho en plural. Hablamos de dos niñas asesinadas y de una adulta muerta en vida.

 

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