Las declaraciones históricas de derechos fundamentales: ¿A quién se reconocen los derechos que proclaman?por Teresa Pérez del Río, Catedrática (j) de Derecho del Trabajo y Seguridad Social.

12 mayo, 2020 hablamos de feminismo

Han sido tres las declaraciones de derechos fundamentales mas importantes en los últimos siglos: la Declaración adoptada en el seno de la Declaración de Independencia de los EEUU (1776), la Declaración francesa de Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789), y la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU (1948).

Las dos primeras son sin duda resultado de la aplicación del principio republicano que instaura los derechos de libertad, igualdad ante la ley y división de poderes, y deberían haber estado todas ellas basadas en el principio democrático que reconoce que la soberanía reside en el pueblo y se ejerce mediante representantes libremente elegidos. Como derivada del principio democrático, los derechos reconocidos deberían haber sido asignados a toda la ciudadanía, o si se quiere a todos los seres humanos por el mero hecho de haber nacido, fuera cual fuera su condición personal o social, religión o sexo. Pero esto no ha sido así. Históricamente la relación entre el principio republicano, el principio democrático, los derechos fundamentales, y la parte femenina de la humanidad ha sido bastante torturada, experimentando avances, pero también notables retrocesos.

El denominado espíritu republicano tal como fue concebido en los siglos XVIII y XIX, excluyó a las mujeres. Sin lugar a dudas defiende que la soberanía radica en el individuo y se ejerce directamente o mediante representantes elegidos por votación. Pero en el concepto individuo o ciudadano que puede ejercer estos derechos y votar a los representantes que deben hacerlos realidad, no entran más que un tipo determinado de personas todas ellas pertenecientes al sexo masculino. Las mujeres estaban excluidas.

La doctrina política afirma que el nacimiento del espíritu republicano en Europa se produce con la Revolución francesa, en concreto con la adopción de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente en 1789, viniendo a considerarse uno de sus documentos fundamentales. Sin embargo,

 

esta primera experiencia fracasó porque la idea republicana de la Revolución francesa no se funda en el principio democrático. Es cierto que defiende los principios de libertad, igualdad y soberanía popular, pero no para todos. De hecho y por lo que aquí interesa, la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, no estaba utilizando el masculino genérico “hombres” para referirse a todos los seres humanos, se estaba refiriendo única y exclusivamente a los hombres y ciudadanos en sentido estricto y ni siquiera a todos los hombres sino solo a un grupo privilegiado de los mismos. La mitad de la humanidad, concretamente la femenina, estaba excluida del reconocimiento de estos derechos. Rousseau, uno de sus principales ideólogos estaba muy lejos de creer que hombres y mujeres tuvieran que ser reconocidos como libres e igualmente dignos por el solo hecho de haber nacido, como pone de manifiesto en su libro Emilio y demuestra, y critica Mary Wollstoncraft en su obra Vindicación de los derechos de las mujeres en 1792. Este caballero contrajo matrimonio con una lavandera analfabeta con la que tuvo cinco criaturas de las que se deshizo según iban naciendo, entregándolos en contra de la voluntad de la madre a la beneficencia, a L’hôpital des enfants-trouvés. Niños sin nombre, sin partida de nacimiento. Por ello, cuando Olympe de Gouges, escritora y revolucionaria francesa, considerada precursora del feminismo moderno, reivindicó la igualdad de derechos entre hombres y mujeres en el marco de la Revolución francesa, y proclamó en 1791, la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, siguiendo la misma redacción que la Declaración masculina, fue primero insultada, después amenazada y finalmente declarada antirrevolucionaria y asesinada en la guillotina.

Lo mismo había ocurrido con la Declaración de Independencia de los EEUU, adoptada en Virginia en 1776. Esta exclusión no comienza a ponerse en cuestión en EEUU hasta mediados del siglo XIX cuando en el año 1848 se celebra la Primera Convención sobre los Derechos de la Mujer en Seneca Falls (Nueva York) que fue organizada por Lucretia Mott y Elizabeth Cady Stanton. El resultado de esta Convención fue la publicación de la Declaración de Seneca Falls, documento basado en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, en el que sus autoras denunciaban las restricciones, sobre todo políticas, a las que estaban sometidas las mujeres: no poder votar, ni presentarse a elecciones, ni ocupar cargos públicos, ni afiliarse a organizaciones políticas o asistir a reuniones políticas. La Declaración de Seneca Falls marca un hito en la evolución de la democracia porque es el inicio del movimiento sufragista. El sufragismo fue un movimiento internacional cuyo objetivo esencial, pero no el único, era la reivindicación

 

del derecho de las mujeres a ejercer el voto. Originado en los Estados Unidos a raíz de la Declaración de Seneca Falls bajo el lema “si la mujer puede subir al cadalso también puede subir a la tribuna”, conoció una fuerte implantación en el Reino Unido, desde 1865 el movimiento se extendió a gran parte de los países europeos y constituye el germen del posterior movimiento feminista. A este movimiento pertenecieron John Stuart Mill, Harriet Taylor Mill, Emmeline Pankhurst entre otras personas. En España, país en que debido a la oposición frontal de los políticos conservadores y al poder de la Iglesia Católica el sufragismo apenas tuvo relevancia antes de la II República, las líderes de este movimiento fueron Clara Campoamor y Carmen de Burgos, la primera de las cuales como es sabido consiguió que se reconociese el derecho de sufragio activo a las mujeres. El sufragismo británico por el contrario fue especialmente activo. Las reivindicaciones del movimiento se fueron ampliando, pasando a incluir, además del derecho de voto, el derecho de las mujeres a recibir el mismo salario que un hombre por el mismo trabajo, el derecho a ser las tutoras legales de sus hijos junto a los padres, y su incorporación a la carrera judicial. El sufragismo evoluciona a mediados del siglo XX hacia el movimiento feminista que asume los mismos objetivos: el derecho al voto y al ejercicio del poder, la incorporación de la mujer al trabajo, la mejora de la educación, la capacitación profesional y la apertura de nuevos horizontes laborales, la equiparación de sexos en la familia para evitar la subordinación de la mujer y la doble moral sexual.

Podría definirse el feminismo como el movimiento social y político que supone la toma de conciencia de las mujeres como grupo o colectivo humano y de algunos hombres, de la opresión, dominación, y explotación de que han sido históricamente y aun son objeto por parte del sistema patriarcal, lo cual las mueve a la acción para la liberación de su sexo, reclamando todas las transformaciones de la sociedad tanto económicas como políticas, filosóficas, jurídicas e incluso familiares que aquella requiera.

Como resultado de esta lucha primero sufragista y posteriormente feminista, la ONU, mediante la Declaración Universal de Derechos Humanos, ya desde su denominación, y por primera vez de manera formal en la historia, incluye entre los sujetos a los que estos derechos deben ser reconocidos a las mujeres. Más aún, se trata de un documento decisivo en la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. En la adopción de esta declaración jugó un papel decisivo como Presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, Eleanor Roosevelt, esposa de Franklin Roosevelt, que fue presidente

 

de 1933 a 1945. La lucha de la Sra. Roosevelt en favor de los derechos civiles llevaron al Presidente Harry Truman a nombrarla “Primera Dama del Mundo” por sus logros humanitarios. A lo largo de toda su vida, Eleanor, la feminista que cambió el mundo, trabajó muy duramente para conseguir la aceptación e implementación de los derechos establecidos en la Declaración. El legado de sus palabras y su trabajo aparece en las constituciones de gran número de naciones y en un cuerpo de ley internacional en evolución que ahora protege los derechos de hombres y mujeres por todo el mundo.

Este documento ha sido clave para todas las conferencias y resoluciones universales sobre los derechos de las mujeres que se han adoptado posteriormente: el 18 de diciembre de 1979, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Convención sobre la eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW) que fue la culminación de más de 30 años de trabajo de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer, órgano creado en 1946 para seguir de cerca la situación de la mujer en el mundo y promover sus derechos. Las Naciones Unidas han organizado conferencias mundiales sobre la mujer, que se celebraron en Ciudad de México (1975), Copenhague (1980), Nairobi (1985) y Beijing (1995). Esta última, la Cuarta marcó un importante punto de inflexión para la agenda mundial de igualdad de género. La Declaración y la Plataforma de Acción de Beijing, adoptada de forma unánime por 189 países, constituyen un programa en favor del empoderamiento de la mujer y en su elaboración se tuvo en cuenta el documento clave de política mundial sobre igualdad de género: la Declaración de Derechos Humanos. El seguimiento y vigilancia de su aplicación se produce cada cinco años a través de Conferencias Internacionales que se denominan Post Pekín.

A pesar de todas estas declaraciones, y de la pujanza durante el siglo XX primero del movimiento sufragista y después del feminista, los datos estadísticos ponen de manifiesto que la situación de las mujeres sigue siendo discriminatoria en todo el mundo incluida España, es decir, frontalmente contraria al derecho fundamental a la igualdad que formalmente se les reconoce en la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU y los documentos de desarrollo, como periódicamente pone de manifiesto el Índice de Brecha Global de Género del Foro Económico Mundial. Teniendo en cuenta lo señalado hasta aquí, el movimiento feminista debe seguir existiendo en tanto las

 

declaraciones de derechos humanos sigan siendo sistemáticamente inaplicadas por lo que se refiere a la igualdad de género en todos los países del mundo.

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