LA EDUCACIÓN COMO GARANTÍA NUCLEAR FRENTE A LA DISCRIMINACIÓN DE LA MUJER por José Julio Fernández Rodríguez, Universidad de Santiago de Compostela

19 mayo, 2020 hablamos de feminismo

Si reconstruimos un famoso aforismo medieval, podríamos decir que “la educación os hará libres”.

En efecto, una educación de calidad, inclusiva y fortalecida democráticamente, permitirá a la ciudadanía ser consciente de la relevancia de la libertad ínsita al ser humano. Una libertad en sentido lato, en la que se integran los derechos fundamentales que reconocen las constituciones democráticas. Además, esta educación de calidad asegurará que las personas conozcan los instrumentos para defender tal libertad y manifiesten respeto por los derechos de terceros.

Así las cosas, no resulta exagerado emplear un título como el que hemos propuesto en este artículo: la educación se revela como una garantía nuclear frente a la discriminación. Una discriminación, como es sabido, es una “desigualación” injustificada que aparece como especialmente grave al atentar contra la dignidad. La etnia, el sexo o el nacimiento siguen ofreciéndonos rechazables casos de discriminación, que a veces, incluso, se solapan. Y la mujer, en esta tesitura, sigue padeciendo los problemas de los déficits educacionales de aquellos que persisten en discriminarla.

Sociológicamente hablando, la educación de calidad servirá para superar en gran parte las situaciones que discriminan a la mujer, y las consecuencias perniciosas que conllevan en distintos ámbitos. Es más: sólo con la educación se podrá dar el salto que necesitamos en la actualidad para superar la lacra de la discriminación. Un par de ejemplos sirven para ilustrar nuestra posición.

Un primer ejemplo sería la sorprendente capacidad de resistencia y reproducción de lo que podríamos denominar machismo. Con una educación correcta una persona no puede pensar que un hombre es superior a una mujer, sino simplemente que es diferente, con unos rasgos y características distintas, aunque con una igualdad jurídica básica derivad de la misma dignidad. La idea de preponderancia o prevalencia del varón es un injustificado constructo cultural que se puede eliminar con educación de calidad.

Otro ejemplo pueden ser las ausencias de denuncias o los errores en tales denuncias. Aquí se percibe una falta de compromiso ciudadano por la mejora del sistema de protección e, incluso, una baja ética pública. Es cierto que puede haber razonables circunstancias sociológicas de presión que desactivan la respuesta de la agredida. Pero con la debida formación podrá afrontar tales presiones y superar los obstáculos que suponen.

¿Y qué es la educación de calidad de la que estamos hablando? Es una educación que logra transmitir eficazmente los contenidos y que desarrolla con éxito el proceso de enseñanza-aprendizaje. Y en lo que ahora nos interesa, es también una educación que parte de los valores constitucionales, que funcionan como el marco delimitador de todo el proceso. Esta educación de calidad, con estrategias horizontales y verticales, debe insertarse en el Estado Social para llegar a todas las personas con independencia de su condición. Es más, debería servir para instrumentar estrategias específicas en casos que podrían resultar problemáticos (inmigración, otros modelos de familia, minorías étnicas…). Se trata, por lo tanto, de buscar una educación inclusiva e integradora, solidaria, accesible, con presupuesto suficiente, apoyada en la tecnología y eficaz. Una educación que no limite a las personas por su género o sexo, y que huya de roles estereotipados que marcan rasgos sexistas. Para todo ello se debe actuar tanto en el contenido educativo de los programas como en el material empleado y la actitud del profesorado.

Así es, la implementación de estas cuestiones requiere de profesorado debidamente formado, lo que no siempre sucede. Se requiere por tanto elementos específicos para formar al profesorado en compromiso constitucional y fortalecimiento democrático.

Por lo tanto, la educación de calidad no es obviamente neutral, sino que, como hemos dicho, posee elementos axiológicos que se conectan con los valores y principios constitucionales, entre los que brilla el comentado de igualdad y no discriminación. Además, aunque se centre en las enseñanzas regladas (sobre todo en la enseñanza básica) debe operar en el conjunto de la sociedad, también en actividades formativas no regladas para personas de diferentes edades.

De todos modos, hay algo que no estamos haciendo todo lo bien que deberíamos. Sabemos grosso modo lo que debe ser la educación de calidad, y la necesidad de formar ciudadanía comprometida y profesorado con capacidad para impartir tal formación. No obstante, la realidad y las estadísticas nos muestran la persistencia de discriminaciones contra la mujer. Entonces, parece claro que existen deficiencias en el sistema educativo, que impiden la erradicación de esta problemática, o, al menos, reducirla a una pequeña dimensión. Quizá los cambios en la legislación educativa a lo largo del actual período democrático hayan hecho un flaco favor a la consolidación de niveles más altos en la calidad educativa. Esperemos que en el futuro próximo los responsables públicos actúen con más tino, y no sólo con ínfulas partidistas, legítimas, pero a veces alejadas del rigor técnico que exige algo tan vital como la educación de las personas.

 

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