LA DISCRIMINACIÓN DE LAS MUJERES MAYORES, por Jaime Cabeza Pereiro, Universidad de Vigo.

15 octubre, 2019 hablamos de feminismo

 

La discriminación inter- seccional ya fue hace años identificada desde el pensamiento feminista, en particular a partir de los trabajos académicos de K. Crenshaw. Ella intentó analizar la especial situación opresiva que sufrían las mujeres afro-americanas y explicar que no se podía entender desde la aislada consideración de su condición de mujeres o de su raza afroamericana. Más bien, esa combinación producía una identidad compleja que las ubicaba en una posición peculiar y diferenciada. Es decir, sexo y raza no eran elementos simplemente sumatorios, sino que interactuaban uno con el otro conformando identidades complejas.
Mucho menos se ha discutido del binomio sexo-edad, pero su potencialidad es asimismo grande. El Tribunal de Justicia de la Unión Europea es muy refractario a aceptar el propio concepto de discriminación inter- seccional, como también lo es el Tribunal Supremo Federal de USA. Pero otros órganos, como el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, adoptan una perspectiva más abierta y mismo reconocen explícitamente la especial discriminación que padecen las mujeres de edad en sentencias como la Carvalho Pinto de Sousa Morales del 2017.
La discriminación de la que son víctimas las personas mayores fue descrita ya en numerosos estudios académicos. El ageism, como perjuicio de edad, funciona con mucha efectividad en una sociedad pplagada de estereotipos negativos contra ellas. El envejecimiento tiene  que esconderse porque la juventud es el canon de belleza, de vigor y de innovación. La vejez se asemeja a la obsolescencia, a la enfermedad y a la degeneración. Por eso, hay un culto a la  juventud como arquetipo de apariencia externa, de vida y de comportamiento, hasta el punto de que la vejez no existe. Las personas mayores tienen que comportarse, tienen que vivir y tienen que consumir cómo jóvenes, porque de otro modo no serán tenidas en cuenta.
Estos perjuicios les afectan particularmente a las mujeres mayores. Ellas tienen una presión aún mayor de la que tienen los hombres en la busqueda de la apariencia juvenil. De hecho, para los hombres a edad madura puede ir acompañada de ciertas virtudes que se les atribuyen como convencionalismos sociales: experiencia, fiabilidad, responsabilidad, liderado…Las señales externas del paso de los años no tienen que ser necesariamente ocultados en el caso de ellos pero sí que hay una muy fuerte presión social para que ellas luchen contra estas evidencias físicas. Sin duda, la apariencia externa es mucho más exigente para las mujeres, desde unos convencionalismos fuertemente sexualizados.
Por eso, es fácil expresare que las mujeres mayores son víctimas de una discriminación de estereotipo que no se explica en toda su extensión se se les considera en exclusiva desde la perspectiva de su sexo, o desde el punto de vista de su edad. Esta discriminación produce consecuencias evidentes, pero que tienen como denominador común la invisibilidad de ellas y su menor participación en la sociedad civil.
Si la diagnosis es clara, igualmente es fácil decir que hace falta enfrentar los estereotipos de sexo-edad. La dificultad estriba en que ambos motivos deben ser considerados desde una doble perspectiva: a veces teniéndolos explícitamente en consideración, otras negando de manera expresa su posible incidencia.
La perspectiva del mercado de trabajo es ilustrativa. Las mujeres nunca tienen la edad ideal. Acaso son demasiado jóvenes, y por eso inseguras e inexpertas. Curiosamente, la edad las perjudica en sus extremos mucho más de lo que les perjudica a los hombres. Quizás sean madres, el que simplemente lo vayan a ser –o lo puedan ser- y por eso no están todo lo disponible que deberían estar. Luego tendrán que cuidar de los hijos y hijas a atender a su crianza, y más tarde ser responsables de sus mayores. Al final, se considerarán mayores, con competencias obsoletas y poco aptas para el trabajo en equipo.
En este contexto, son víctimas del acoso por edad en mayor medida del que lo son sus compañeros varones. Los comentarios despectivos de sus capacidades o de su apariencia, o, en particular, de su profesionalidad, pueden ser suficiente en organizaciones productivas en las que, probablemente, la conciencia de estos problemas aún no sea óptima. Si los valores que se predican como centrales en la empresa se incluyen la innovación, la flexibilidad o la asunción de riesgos, probablemente las mujeres mayores no encajen bien, porque los perjuicios sociales no les conceden estas virtudes, y estén en mayor riesgo de ser discriminadas.
No es casual que su presencia en el mercado de trabajo formal disminuya al final de su vida activa con más intensidad y anticipación del que sucede en el caso de los hombres. Las explicaciones de este abandono prematuro no es fácil de identificar en términos objetivos. Precisamente sucede a una edad en la que los papeles sociales esperados de mujeres y hombres, aunque no convergen totalmente, se acercan más que cuando unos y otras son más jóvenes. Las hay que buscar, con toda seguridad, en esta invisibilidad y existencia silenciosa de las personas mayores, más invisibles y silenciadas si son del sexo femenino. Está por hacer en nuestro país un estudio empírico relativo a como los procesos de regulación de empleo, sean despidos colectivos u objetivos, afectan en particular a este segmento de mujeres definidas por la edad. La hipótesis previa es que sus transiciones a la jubilación deben ser más complejas al haber sido más irregulares sus carreras laborales. Sin embargo, no de la la impresión de que mantengan el empleo en estas circunstancias en mayor porcentaje que sus compañeros varones. Asimismo, sus procesos de reubicación – ouplacement- tendrán que superar todas las barreras que se refieren a los dichos estereotipos, fuertemente condicionantes cuando se trata de recomezar una carrera profesional en las condiciones de las mujeres de cierta edad.
Y finalmente, aunque no menos importante, la pobreza como fenómeno social está muy unida a la condición femenina. Las mujeres mayores constituyen uno de los grupos sociales con mayor exposición a la pobreza y más dependencia de las prestaciones sociales de tipo asistencial. De nuevo, su invisibilidad, en el contexto de una sociedad que siempre le volvió las costas, produce consecuencias muy desfavorables. Su mayor permanencia en los trabajos informales, en la labor de cuidado y en las actividades de menor reconocimiento social, constituye una palanca muy efectiva para que pobreza, género y edad constituyan los vértices de un triángulo a lo que casi siempre no se le presta la atención que se le debería prestar.

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