LA DISCRIMINACION DE LAS MUJERES A TRAVÉS DE LA SALUD MENTAL, por Rosa Cerqueiro Landín, Psicóloga clínica del Sergas y portavoz del movimiento gallego de salúd mental.  

23 noviembre, 2020 hablamos de feminismo

A lo largo de la historia, la discriminación de las mujeres se asentó en discursos creados para mantener un statu quo de dominación patriarcal.

La mujer fue considerada como inferior al hombre, subordinada a este y además acusada de defectos morales y culpable de los males del mundo (mito de Eva); también considerada como uno ser inferior por carecer de las capacidades intelectuales necesarias (discurso construido para justificar el no del derecho a la educación y a la cultura); el discurso de las diferencias físicas, valoradas como defectos, impidió por mucho tiempo el acceso al trabajo remunerado y por lo tanto a las condiciones de igualdad e independencia; y cuando todo lo anterior no se pudo sostener de manera indefinida, emergió con más fuerza (pero siempre estuvo allí) el discurso de la inferioridad o debilidad psicológica, atribuyendo a la mujer rasgos emocionales como el de ser voluble, irracional, impulsiva, inestable… y por lo tanto necesitada de ser “protegida”, supervisada y relegada a tareas domésticas para no acceder en igualdad de oportunidades a los ámbitos de decisión públicos.

Los avances son evidentes, un logro social producto del esfuerzo de tantas mujeres y hombres anónimas/os y de sacrificios y pérdidas dolorosas por personas que se significaron. Aun así, estamos muy lejos de conseguir un horizonte de igualdad.

El ámbito de la psiquiatría y la salud mental no es ajeno a los estereotipos de género que sostienen la estructura patriarcal. Las mujeres fuimos (y somos) tratadas como locas por el mismo hecho de ser mujeres (la “histeria” femenina, término que significa útero en griego), o con trastornos mentales producto de nuestra naturaleza, como la depresión puerperal, ansiedades de la lactancia, la menstruación o el climaterio. Incluso existe abundante bibliografía sobre problemas de salud mental asociados en exclusiva con el sexo biológico sin tener en cuenta los evidentes condicionantes de género (culturales).

Curiosamente, por lo contradictorio,  nuestra “diferencia biológica” hace que las mujeres no estemos adecuadamente representadas en la investigación en salud, por lo que se asume una visión androcéntrica que puede tener implicaciones peligrosas. No es excepcional que hombres y mujeres con los mismos síntomas físicos se diagnostiquen de forma diferente, siendo las mujeres quien con mayor frecuencia obtienen un diagnóstico erróneo de enfermedad mental.

Pero además, y combinado con uno sesgo moralista, las mujeres fuimos las culpables de los trastornos mentales de nuestras hijas e hijos: éramos las causantes de las neurosis y de las psicosis (“madre esquizofrenógena”), del autismo y de las psicopatías. Mujer, maldad y enfermedad mental se convierten en un trinomio asfixiante. Si añadimos actitudes paternalistas que llevan a que, por ejemplo, las mujeres con diversidad funcional pueden ser forzadas a esterilizaciones involuntarias (una vez modificada judicialmente su capacidad y tuteladas de por vida) en mayor medida que los hombres, la posición de la mujer queda en un camino intermedio entre la maldad y la debilidad, pero nunca en el espacio de la capacidad y la responsabilidad.

Esta pequeña muestra da una idea de la influencia de la construcción social de la enfermedad mental por razones de género. Pero hay más: las desigualdades estructurales de género derivadas de la socialización patriarcal son la causa de importantes problemas de salud mental en las mujeres.

Los roles diferenciados de género siguen dominando en hombres y mujeres, aunque afortunadamente la sociedad sea cada vez más diversa. A las mujeres se nos identifica, y nos identificamos, desde la sensibilidad, abnegación y renuncia, capacidad de cuidado, empatía, dependencia, deseo de agradar o la depositaria afectiva en la unión familiar. Esto hace que, en una sociedad formalmente igualitaria, asumamos cada vez más roles, pero sin compartir los que ya teníamos. Y procurando no perder el equilibrio afectivo-emocional para no ser mal vistas. El resultado: la culpa por no poder atender a todos los requerimientos, la sobrecarga y el cansancio por la doble o triple jornada de trabajo… se expresan en síntomas que se valoran en no pocas ocasiones con desprecio, condescendencia y medicalización (las estadísticas sobre el aumento del uso de ansiolíticos y antidepresivos y la prescripción diferencial entre los hombres y mujeres son muy esclarecedoras).

Y mucho peor: la violencia estructural, cultural, simbólica y directa tiene como diana preferente a la mujer.

La pobreza tiene cara de mujer: sobre todo de mujeres jóvenes, mayores, migrantes, mujeres que viven en las áreas rurales y aquellas que se hacen cargo en solitario de la crianza de los hijos e hijas (familias monomarentales). Tenemos un peor acceso al mundo laboral, en peores condiciones, a tiempo parcial, puestos menos cualificados y remunerados. Más expuestas a la discriminación, el acoso y a los abusos en el lugar de trabajo.

Sin posibilidades efectivas de emancipación y autonomía, sufrimos más situaciones de violencia de género. El cuerpo de la mujer como terreno explotado: cuerpo violentado, agredido, cuerpo forzado, cuerpo esclavizado. Cuerpo que rechazamos con más frecuencia que los hombres, por la presión de la idealización estética que impregna nuestra identidad desde muy jóvenes. Una identidad fragmentada por tantos mandatos desiguales.

Y todos estos factores estructurales de desigualdad y dominación de la mujer traen consigo problemas emocionales que, con mucha frecuencia, son etiquetados y tratados como enfermedades mentales individuales (por tanto enmarcados en el espacio privado del que siempre nos costó salir a las mujeres), de origen biológico, de evolución crónica, que crea una dinámica en bucle que provoca más estigmatización, discriminación y cronificación. Aspectos negativos que llevamos arrastrando en la atención psiquiátrica desde los inicios, que mantienen prácticas abusivas como son las contenciones mecánicas y químicas.

Es urgente romper con la brecha de género existente, manteniendo una posición colectiva crítica frente a los discursos dominantes del poder patriarcal (también en salud mental). Hemos de eliminar la coerción como modelo de atención, fortaleciendo un enfoque basado en los derechos, donde se aborden los determinantes estructurales del malestar psíquico (entre otros las desigualdades sociales, la discriminación y los abusos). Un modelo de recuperación donde sea prioritario que las personas diagnosticadas tengan un lugar principal en todos los espacios de decisión de las políticas de salud, en primera persona, para que nunca más permanezcan invisibilizadas, estigmatizadas y silenciadas.

 

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