EL ROL DE GÉNERO COMO AGRAVANTE PENAL por María Belén Rubido, Magistrada del Juzgado de lo Penal número cuatro de Pontevedra, especializado en violencia de género.

09 febrero, 2021 hablamos de feminismo

La introducción de la agravante de género es, quizás, una de las reformas que menos repercusión práctica ha tenido en inicio en nuestro Derecho Penal tras la introducción por la LO 1/2015 de 30 de marzo de muchos de los postulados del Convenio de Estambul. Sin embargo, introduce una verdadera revolución en cuanto que amplía la protección a la mujer del estricto ámbito doméstico a la generalidad de los delitos.

Tal y como se nos pedía a los Estados firmantes del Convenio y como era una exigencia de pura justicia material. Y digo, quizás, porque hubo un profundo debate sobre cómo habría de interpretarse esta circunstancia agravante en el conjunto del Derecho Penal español, cómo incardinarla, sobre todo y en relación con el conjunto de delitos que ya vienen regulados específicamente en la LO 1/2004 de la Ley integral contra la violencia sobre la mujer y consolidados en nuestro Código Penal desde entonces. Y, también, su especificidad en relación con otras agravantes genéricas como es el delito cometido “por razón del sexo o por razón de parentesco”.

Esta agravante se explica en la Exposición de Motivos de la Ley Orgánica 1/2015 del siguiente modo: «La razón para ello (para agravar la pena) es que el género, entendido de conformidad con el Convenio n.º 210 del Consejo de Europa sobre prevención y lucha contra la violencia contra las mujeres y la violencia doméstica, aprobado en Estambul por el Comité de Ministros del Consejo de Europa el 7 de abril de 2011, como «los papeles, comportamientos o actividades y atribuciones socialmente construidos que una sociedad concreta considera propios de mujeres o de hombres», puede constituir un fundamento de acciones discriminatorias diferente del que abarca la referencia al sexo

También se prevé en el Convenio de Estambul de 11 de mayo de 2011, ratificado por España el 18 de marzo de 2014 (BOE 06.06.2014) y, por tanto, que forma parte de nuestro derecho, en su art. 3 apartado d) se define como «violencia contra la mujer por razones de género, toda violencia contra una mujer porque es una mujer o que afecte a las mujeres de manera desproporcionada».

Es revelador que esta nueva circunstancia agravante aparezca regulada en el artículo 22 del Código Penal que es conocido como las agravantes por “razones de odio” y que pueden ser aplicables a cualquier delito, por cuanto que se entiende más grave si el delito se comete “por motivos racistas, antisemitas u otra clase de discriminación referente a la ideología, religión o creencias de la víctima, la etnia, raza o nación a la que pertenezca, su sexo, orientación o identidad sexual, razones de género, la enfermedad que padezca o su discapacidad.»

Es fundamental para saber qué se entiende por “razones de género” recurrir a nuestro Tribunal Supremo, concretamente la sentencia STS, Penal sección 1 del 19 de noviembre de 2018 (ROJ: STS 3757/2018 – ECLI:ES:TS:2018:3757) en la que se nos expone con toda claridad el fundamento de esta agravante. Cita esta sentencia, y creo que es la clave para interpretar esta agravante, que esta violencia sobre las mujeres debe construirse sobre la base del artículo 43, nuevamente, del Convenio de Estambul, cuando dice que “los delitos previstos en el presente Convenio se sancionarán con independencia de la relación existente entre la víctima y el autor del delito”.

Es decir, lo relevante no es que el agresor y la víctima sean o haya sido esposos o pareja o novios. No. Lo esencial para que pueda ser de aplicación de la agravante es que el delito sea cometido por el “rol” que la Sociedad atribuye a las mujeres. Por “ser mujer”. Única y exclusivamente. Porque una mujer ha de cumplir con unas reglas prestablecidas de sometimiento, y en el caso de no hacerlo, merece ser castigada, por lo que el delito cometido por “razón de género” pretende perpetuar el rol de género (discriminatorio) de la mujer por la fuerza, a través de la comisión del delito, la forma más grave de transgredir el orden jurídico. Para dejar muy claro por parte del agresor ante ella y ante todos que está por encima, que es superior, que la mujer ha de someterse. Durante su relación e incluso por el resto de su vida.

Pero la sentencia dictada recientemente por un Jurado del País Vasco da un paso más: procede a la aplicación de la agravante de género no por un acto delictivo contra una mujer, sino por una agresión con resultado muerte a un varón. Porque la razón (si es que existe alguna razón en tal sinrazón) de la agresión está en que una mujer no puede, al terminar su relación sentimental con un hombre, relacionarse con otros, y si así lo hiciera, no sólo ella sino las personas que potencialmente podrían formar parte de su vida serán agredidos.

Y este fue el caso. Un hombre es agredido por otro por el mero hecho de relacionarse con una mujer que es “propiedad” de otro. Además fue agredido de la forma más salvaje: arrebatándole la vida. Porque en el caso de esta sentencia, si bien no es firme, abre paso a una interpretación amplia de la agravante de género a una persona que no es la mujer, sino las personas que se relacionan con ella. Siendo algo novedoso, pero entiendo, en casos como éste justificado. Porque un hombre joven, Asier, de tan sólo 28 años, estaba en la Semana Grande donostiarra y su delito fue charlar con una chica en el exterior de un bar de la Parte Vieja. En la sentencia, se deja constancia que el acusado le dijo a su expareja que si salía con otro chico «lo atacaría para impedir que entablase una relación sentimental con otra pareja«. Esta mujer trataba de continuar con su vida, y en este caso, Asier tan sólo por entablar una conversación con esta mujer es golpeado por el ex novio de la joven, tras lo cual cayó al suelo falleciendo tras dos meses en coma. Porque la mujer no está sola en el mundo, está rodeada de personas que pueden verse dañadas por la violencia ejercida contra ellas.

De infausto recuerdo en la mente de todos están las madres que son supervivientes a la muerte de sus hijos e hijas a manos del maltratador utilizando esta forma tan ruin y cruel de dañar haciéndolo contra sus descendientes. Así se introdujo como víctimas directas de la violencia sobre la mujer a los hijos o hijas o menores convivientes con la mujer que es también víctima (por cuanto que a una mujer no sólo se le puede dañar directamente sino también con el daño a su prole). Pues bien, con esta nueva interpretación se da entrada a la posibilidad de proteger a las personas del entorno de la víctima que entran/permanecen en su vida tras la situación de violencia vivida. Una mujer víctima de violencia por el hecho de considerarla mujer y por lo tanto y por definición sometida a la superioridad del varón, puede salir de este círculo de violencia. Puede ser valiente y denunciar. Pero ello no significa que el varón que la ha tenido sometida renuncie a intervenir en su vida, en condicionarla, en volver a someterla una y otra vez a cada paso que ella pretenda dar para alejarse de su maltratador.

Al impedir que esta mujer rehaga su vida, interponiéndose entre ella y las personas que la acompañan en ese trayecto vial, pretende perpetuar el aislamiento, que es una de las piezas psicológicas más efectivas de control sobre la mujer: que se sienta sola. Que no pueda rehacer su vida. Que haga lo que haga, esté con quien esté, siempre el control de la persona que la sometió durante su vida anterior seguirá allí, para siempre, haciéndole vivir una cadena perpetua de violencia. Porque todos los que están con ella pueden estar en peligro.

No puede haber mayor sometimiento que el impedir, de facto, que una mujer víctima de violencia pueda volver a vivir. No hay un sentimiento de superioridad más potente que el saber que nunca la víctima saldrá de su control y que el maltratador hará todo lo posible para que la víctima no “tenga vida” fuera de su relación con él. Que no le quede más remedio que renunciar a vivir, sino directamente, cercenándole toda posibilidad de reeditarse en una nueva vida al margen de su agresor.

Dice la sentencia que «con el ataque perpetrado contra Asier«, el procesado «cumplió su previo aviso» y convirtió a la mujer «en responsable de la muerte, al no haberse plegado a su voluntad y deseo posesivo respecto de ella» y «de esta forma, mató a Asier Niebla convirtiéndolo en víctima por razones de género del dominio ejercido contra su exnovia» y de este modo “volvió a ejercer su dominio sobre ella, coartando gravemente su libertad, ya que mató a Asier e impidió irremisiblemente su relación con él, pues destruyó la vida de la persona con la que libremente había decidido iniciar una relación sentimental».

Y esto me lleva a pensar en lo cierto de la afirmación de tantos estudiosos de que el machismo es un perjuicio para el global de la Sociedad. Y el axioma tan repetido de que “todos deberíamos ser feministas” como muy bien nos explica en su ensayo mundialmente conocido la autora, Chimamanda Ngozi Adichie, se hace imprescindible. Porque sin esta visión, sin generar la implicación de todas, pero también de todos, no podremos avanzar.

Por eso, la extensión tan interesante del ámbito de la aplicación de la agravante de género a los delitos cometidos no sólo contra la mujer o contra sus hijos sino también contra otras personas (incluidos otros varones) en ese efecto expansivo, de “bomba de racimo” que tiene la violencia sobre la mujer, debe ser resaltada. Porque si Asier ha muerto es porque ha tratado de aproximarse a una mujer que, por el mero hecho de serlo, no tiene derecho a rehacer su vida sin riesgo no sólo para ella sino para todos los que la rodean. Porque en la violencia contra la mujer no sólo se lesiona a la víctima mujer, a sus hijos, a sus familiares, sino a todos y cada uno de nosotros y nosotras.

Es intolerable que se cometan delitos “por sentirse superior” a las mujeres, por demostrar con estos actos delictivos que eres inferior, que estarás siempre sometida, que hagas lo que hagas no escaparás a su control. Como decía, Chimamanda Ngozi Adichie, “la cultura no hace a la gente. La gente hace la cultura” y nosotros debemos igualmente “hacer” de nuestra cultura un lugar donde una mujer pueda rehacer su vida en libertad y con seguridad, y que todos y todas las que estamos a su alrededor estemos seguros de que serán castigados con mayor severidad aquellos que quebrantan este legítimo derecho, para que entre todos rompamos ese círculo de violencia

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