El Derecho a la presencia por María Amparo Ballester Pastor, Catedrática de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad de Valencia

04 octubre, 2019 hablamos de feminismo

 

A lo largo de la historia de la humanidad la forma en que hemos trabajado ha ido evolucionando en sus manifestaciones y en sus finalidades. De ese trabajo (productivo, creativo, defensivo, competitivo y a veces libre) están compuestos los libros de historia y con él ha ido avanzando nuestra sociedad. Pero detrás de cada persona que ha realizado este trabajo contabilizado en los libros de historia y valorado socialmente ha habido personas que realizaban un trabajo invisible pero imprescindible: podemos vivir sin muchas cosas, apenas con nada, pero nadie puede sobrevivir sin cuidados. Se ve claramente no solo al principio y al final de nuestras vidas, sino también a lo largo de las mismas. Lo describe muy bien Katrine Marçal en su obra “Quien le hacía la cena a Adam Smith”.

 

Cuando a lo largo de la historia las mujeres han podido realizar este trabajo de cuidado en exclusiva han sido afortunadas porque disponían de la renta para ello, procedente generalmente de un marido, de un padre o de un hermano; cuando no era así, las mujeres han tenido que trabajar fuera del hogar: han sido agricultoras y ganaderas en tierras familiares; han trabajado en los negocios familiares (hostelería), en las escuelas como maestras y en los hospitales como enfermeras. A veces han llevado a bebés a las fábricas y otras veces se han organizado para que algunas mujeres de la familia o de la comunidad se hicieran cargo de los dependientes. Se conciliaba porque no había otro remedio pero era consecuencia de la pobreza. En el Fuero del Trabajo de 1938 el Estado asumía el compromiso de “liberar a la mujer casada de la esclavitud del taller y de la fábrica”.

 

Al resituarnos de nuevo en el siglo XXI a esta historia “en femenino” de segregación, de pobreza y de resignación la calificamos de discriminatoria y nos alegramos de vivir en un mundo en que las mujeres pueden acceder a todos los trabajos, en el que los hombres participan en el cuidado familiar y donde incluso se habla de conciliación (a veces hasta se habla de corresponsabilidad). Nuestras normas reconocen numerosos y variados permisos: las personas en España tienen derecho a reducir su jornada para el cuidado de menores y dependientes, a una hora diaria retribuida para el cuidado del lactante, a excedencias de hasta tres años… Incluso las normas más recientes (RDL 6/2019, de 1 de marzo) se proponen el objetivo de hacer iguales en duración los antiguos permisos de maternidad y paternidad (al menos si el legislador no cambia de idea antes de que se cumple el periodo transitorio establecido para la equiparación, pero eso es otra cuestión…). En fin, todo esto debiera funcionar para llegar a una sociedad ideal sin segregación y sin atribución femenina de las tareas domésticas y familiares, donde los hombres y las mujeres llevaran vidas en las que el trabajo productivo y reproductivo convivieran con una relativa comodidad.

 

Pero a poco que nos detengamos veremos que la realidad está lejos de ser así: las mujeres siguen asumiendo en gran parte las tareas de cuidado, generalmente por medio de ausencias permitidas por nuestro ordenamiento (reducciones de jornada, excedencias…), otras veces resignándose a trabajos de menor intensidad, y muchas veces sencillamente abandonando el trabajo cuando la situación es insostenible. Esta situación no es una opción: se llega a ella por una cuestión de simple y llana discriminación laboral: las mujeres cobran menos que los hombres al realizar trabajos peor valorados (la brecha salarial) y tienen más dificultades para la promoción (el techo de cristal). Si, además, la cuestión de la conciliación es asumida por el Estado como una simple cuestión de otorgar permisos de ausencia, lo que vemos al final no dista demasiado de lo que hemos visto a lo largo de la historia: Las mujeres siguen estando en el hogar como sujetos centrales y en el mercado laboral como sujetos secundarios. Y todo parece fruto de la libre elección (el mito de la libre elección es también otra cuestión…)

 

En fin, llegados a este punto y si por el camino no hemos abandonado aquel objetivo de igualdad real entre mujeres y hombres, tanto en el trabajo como en el hogar, resulta claro que no hay otra posibilidad que acometer de modo comprometido, decidido y efectivo el derecho a la presencia de todos los trabajadores/as. Derecho a la presencia significa derecho a estar presente en el trabajo, sin que ello redunde en la carrera profesional; y derecho a estar presente en el plano familiar para llevar a cabo las tareas de cuidado imprescindibles para la supervivencia. Tan necesaria es una actividad como la otra. Y ello requiere, primero, dar prioridad a la adaptación del trabajo frente a los permisos (derecho a la presencia en lugar de derecho a la ausencia), porque el cuidado debe trascender la esfera individual e incluso familiar para formar parte de la dinámica organizativa de toda la sociedad, incluida la empresa.  No debe promoverse la ausencia porque la suelen asumir las mujeres. El RDL 6/2019 y la Directiva 2019/1158 de conciliación (ambas aprobadas hace apenas unos meses) promueven el derecho a la adaptación de la jornada (que, por cierto, también es un tema de prevención de riesgos psicosociales). Falta saber cómo evolucionará su aplicación pero es de gran importancia que al menos exista cierta conciencia al respecto. Requiere, en segundo lugar, que los permisos parentales (el derecho de ausencia) se configuren como instrumentos de reparto entre hombres y mujeres, fomentando la corresponsabilidad. Este es un tema de configuración legislativa que requiere cierto nivel de compromiso pero que no es imposible. Y exige, por supuesto, elevar este compromiso legislativo y de los Poderes públicos (incluidos Institutos de la mujer y equivalentes) a una esfera que abarque también la lucha efectiva contra la discriminación por razón de sexo en el ámbito laboral: debe valer la pena estar presente en el trabajo tanto para hombres como para mujeres.

The comments are closed.


GABINETE DE COMUNICACIÓN

Rúa do Hórreo, 65
15700 Santiago de Compostela
A Coruña
Teléfono [+34] 981 56 97 40
FAX [+34] 981 57 23 35

comunicacion@valedordopobo.gal