DE LA FIBROMIALGIA O “LA ENFERMEDAD INVISIBLE” DEL GÉNERO FEMENINO por Lara M. Munín Sánchez, Doctora en Derecho, Profesora asociada de la UDC y Jueza Sustituta

16 febrero, 2021 actualidad, actualidade, hablamos de feminismo, Noticias, Sin categoría

El 12 de mayo ha sido declarado desde 1993 como el “Día Mundial de la Fibromialgia”. Precisamente con motivo de esta fecha, quisiera recordar especialmente en estas líneas a todas aquellas mujeres que se ven obligadas a afrontar una jornada laboral tras haber pasado una noche más, de entre otras muchas, sin haber dormido ni descansado lo suficiente, que se sienten profundamente cansadas; pero no por un exceso de actividad, sino por cargar con un agotamiento acumulado que parece no tener fin y de sentir de forma constante y recurrente rigidez en la mayor parte del cuerpo y un dolor que ya forma parte de su día a día. A veces, muchas de ellas, suman a estos padecimientos, el adormecimiento y hormigueo en manos y pies e, incluso, un aturdimiento que les provoca faltas de memoria e imposibilidad de concentrarse. Por supuesto, consecuencia de todo ello es también el permanente sentimiento tristeza y desánimo o, en la mayoría de los casos, la aparición de la ansiedad y la depresión.

 

Esta es la realidad diaria de muchas mujeres en nuestro país. Y digo mujeres, porque la fibromialgia es, en efecto, una enfermedad que afecta muy especialmente al sexo femenino. Las principales estadísticas publicadas al respecto coinciden en destacar que la proporción en el padecimiento de la fibromialgia entre mujeres y hombres es de 20 a 1 y que de los casos diagnosticados hasta un 80% de los afectados son mujeres. Además, se trata de una dolencia que alcanza en gran medida a una franja de edad que tiene mayores dificultades para acceder al empleo o mantenerse en el mismo, lo que conlleva que, a lo que ya de por sí comporta padecer esta enfermedad, habrá que añadir la consiguiente angustia ante el temor de perder el trabajo.

 

En muchos casos, en las fases más iniciales de su manifestación, tiende a confundirse con otros padecimientos, de modo que no es extraño que las afectadas recurran simplemente a pedir una baja o declaración de incapacidad temporal que, en la mayoría de las ocasiones, no suele plantear mayor dificultad para su reconocimiento, aunque en base tan solo a alguna o algunas de sus manifestaciones más comunes, especialmente de tipo muscular, vértigo o similares, en tanto en cuanto interfieran en el desempeño de sus tareas y sigan bajo tratamiento médico (tal y como exige el art. 169 de la Ley General de la Seguridad Social). Esta última exigencia explica que se tramiten muchas altas cuando desaparece la fase más aguda y se mantiene tan solo medicación para el dolor y/o la inflamación y sesiones de fisioterapia o similar, pues el criterio jurisprudencial más común es el de la compatibilidad del alta médica y la aptitud para el trabajo con un posible tratamiento ambulatorio y/o rehabilitador, sobre todo, en períodos de agudización de la sintomatología, siempre que permita la recuperación más completa de la capacidad para el trabajo (así, Sentencia TSJ Galicia 18 marzo 2011, Rec. 4200/07).

 

En realidad, como se suele comprobar, se trata solo de pequeños parches, porque tristemente la fibromialgia, como enfermedad crónica que es, se mantiene a lo largo de la vida de la persona que la padece y podemos dar por hecho que, en todos los casos, volverá a manifestarse con mayor o menor frecuencia, mediante brotes de muy diversa intensidad. Comienza, entonces, la segunda parte de la historia de muchas de estas mujeres: un largo periplo de consultas, bajas, altas, nuevas consultas y, en suma, un paseo de ida y vuelta por médicos de las más diversas especialidades hasta que finalmente, si hay suerte –si es que se puede decir así-, llegará el diagnóstico de la enfermedad y, dependiendo precisamente de la frecuencia con que sus síntomas se reiteren y de la entidad de los mismos, surgirá la necesidad de plantearse la opción por el reconocimiento de una incapacidad permanente. Por extraño que pueda parecer, la fibromialgia en sí, pese a lo incapacitante que pueda llegar a ser para quien la padece, no siempre es considerada jurídicamente como tal. Afortunadamente y gracias a los avances no solo médicos, sino también jurídicos, una vez reconocida e identificada la fibromialgia por la Organización Mundial de la Salud (desde 1993), fueron desapareciendo progresivamente las resoluciones, administrativas y judiciales, que negaban trascendencia incapacitante a lo que se seguía calificando, incluso entrada la década del 2000, como carente de causa orgánica acreditada y que, precisamente, por las dificultades para su objetivación, se entendía o, al menos, se dejaba entrever, que se consideraba como simulada.

 

En la actualidad, aunque el criterio ha cambiado a medida que técnicamente aparecen medios que permiten la acreditación de esta dolencia y su medición con mayor grado de objetividad, lo cierto es que ello no implica que su consideración como determinante de una incapacidad sea algo automático, ni tampoco sencillo. Podría incluso seguir afirmándose que el reconocimiento de la incapacidad es algo excepcional, precisamente por la peculiaridad de la forma en que fibromialgia se manifiesta.

 

Así, queda ya descartada casi desde el inicio en la mayoría de los casos la incapacidad absoluta, que queda relegada a supuestos de intensidad muy severa. Para ello, se atiende al dato objetivo comúnmente conocido de los puntos dolorosos a la presión o “puntos gatillo”, partiendo por lo general de 15, siempre que en la mayoría de los casos la fibromialgia sea una de las múltiples patologías concurrentes, todas ellas de cierta gravedad o que por sí sola sea de tal entidad, por ejemplo, los 18 sobre 18 puntos gatillos y con manifestaciones o brotes tan continuados como para entender que inhabilitan para desempeñar toda profesión u oficio con un mínimo de eficacia. Pueden citarse casos que quedan fuera de toda duda como la fibromialgia acompañada de algún trastorno depresivo o ansiedad grave (Sentencia TSJ Asturias 5 octubre 2001, AS 2001\3931; y Sentencia TSJ Cantabria 21 abril 2010, JUR 2010\357614) y en algunos casos también con hipersensibilidad dolorosa y múltiples patologías añadidas (Sentencia TSJ Madrid 27 febrero 2006, JUR 2006\154878; o Sentencia TSJ Cataluña 1 octubre 2004, JUR 2004\314518, en la que se constata fibromialgia activa severa con afectación de 18 puntos gatillo, espondiloartrosis, espondilolistesis, colon irritable, síndrome de disfunción masticatoria, dermatitis alérgica, síndrome de Menière y trastorno depresivo mayor grave; o, también, Sentencia TSJ Baleares 8 julio 2020, JUR 2020\285373).

 

Lo más común, incluso en los casos graves, es la atribución como mucho de una incapacidad permanente total, esto es, limitada a la profesión concreta que se desempeña que, a estos efectos, cobra especial trascendencia, al ser los Tribunales más proclives a su reconocimiento en profesiones que implican requerimientos físicos o que se desempeñan en condiciones de cierta dureza como pueden ser rederas, mariscadoras (Sentencias TSJ Galicia 7 noviembre 2006, JUR 2007\182608, y 12 abril 2017, JUR 2017\108534), trabajos que conlleven movimientos repetitivos como los reponedoras, limpiadoras, enfermería, ayuda a domicilio o similares (Sentencia TSJ Castilla y León – Burgos 29 noviembre 2017, JUR 2018\13008; Sentencia TSJ Comunidad Valenciana 13 noviembre 2017, JUR 2018\52490; o Sentencia TSJ Andalucía – Sevilla 5 febrero 2014, JUR 2014\11172) siempre que, como hemos dicho, presenten manifestaciones de cierta relevancia física; no así en otras ocupaciones más sedentarias de tipo administrativo, técnico o similares, salvo que las afecciones psíquicas sean de especial relevancia y desempeñen actividades de estrés o requieran grandes dosis de concentración (Sentencia TSJ Castilla y León 6 mayo 2002, AS 2002\4224; Sentencia TSJ Cataluña 4 mayo 2016, JUR 2016\158508; y Sentencia TSJ Asturias 9 abril 2019, JUR 2019\138173).

 

Lo expuesto descarta prácticamente toda incapacidad laboral para las dolencias con manifestaciones más leves y casi absolutamente para trabajos que no impliquen requerimientos físicos. Ello supone que, por tanto, un gran número de mujeres se vean abocadas a las bajas constantes y, en este sentido, aunque la derogación del despido objetivo por faltas justificadas [Ley 1/2020, de 15 de julio, derogó el artículo 52.d) del Estatuto de los Trabajadores] supone en cierta medida un alivio para este colectivo que se hacía tributario de su aplicación, tampoco supone garantía de que, a la larga, no pierdan su puesto de trabajo por otras vías al ser punto de mira en otras modalidades de despido o, simplemente, por presiones, teniendo que recurrir a la búsqueda de otros tipo de subsidios o ayudas que les permitan subsistir, como la declaración de minusvalía que también se torna más compleja en estos casos, al no tener un tratamiento específico en el baremo a aplicar o subsidios varios previstos en la legislación aplicable en cada caso, en la mayoría insuficientes para personas que, en realidad, solo desearían una solución que les permita trabajar y tener una aceptable calidad de vida en su conjunto. Desde luego, todos coincidiremos en que no es mucho pedir, pero si ello no es posible de momento, lo que desde luego procede es desterrar, de una vez por todas, los prejuicios, que vinculados en gran medida a la condición de quien la padece, la han llevado a ser conocida como “la enfermedad incomprendida” o la “enfermedad invisible”.

The comments are closed.


GABINETE DE COMUNICACIÓN

Rúa do Hórreo, 65
15700 Santiago de Compostela
A Coruña
Teléfono [+34] 981 56 97 40
FAX [+34] 981 57 23 35

comunicacion@valedordopobo.gal