CARME VALLS: La mujer vista como un “no hombre” se invisibiliza por María Xosé Porteiro, Adxunta á Valedora do Pobo.

16 febrero, 2021 actualidad, actualidade, hablamos de feminismo, Noticias, Sin categoría

Mujeres invisibles para la medicina. Desvelando nuestra salud, es el título de la última publicación de la endocrinóloga catalana Carme Valls Llobet, editada por Capitán Swing. Es la más reciente de una serie que comienza en 1994 con Mujeres y hombres. En este caso estamos ante la edición de otra publicación de 2006, Mujeres Invisibles, revisada  y actualizada.

A lo largo de su dilatada carrera, la doctora Valls se ha especializado en la medicina con perspectiva de género, una casuística poco abordada por la medicina convencional y que introduce una mirada diferenciada sobre las mujeres y la salud. Pero Carme Valls no solo ha compartido el resultado de sus investigaciones por medio de su extenso repertorio de publicaciones de divulgación médica, casi siempre con perspectiva feminista. Es también una persona activa en ámbitos profesionales y sociales que la llevan a participar del consejo de redacción de la revista Mujeres y Salud, o del programa el programa “Mujer, Salud y Calidad de Vida” en el Centro de Análisis y Programas Sanitarios (CAPS), del que es miembro desde 1983 y vicepresidenta. Su trabajo ha recibido notables reconocimientos como el Premio Buenas Prácticas de Comunicación No Sexista, de la Asociación de Mujeres Periodistas de Cataluña, recibido en 2018; y la Medalla de la Universidad de Valencia, en 2019.

En Mujeres Invisibles, a lo largo de casi 500 páginas, Valls hace un viaje a través de los falsos mitos, prejuicios, olvidos y desaparición de las mujeres, y sus especificidades, en la práctica de la medicina y en los estereotipos que la determinan con un enfoque sexista. Nada menos que el 52% de la población mundial, y sin diferencias notables según clase social o lugar en el que vivan, es invisible para las ciencias de la salud y para quienes las practican como profesionales cuyo trabajo es nuclear para el bienestar de la población y para un justo tratamiento de uno de los derechos humanos básicos.

El asunto que aborda la doctora Valls es, de suyo, extremadamente importante y novedoso. Tiene, además, el mérito de un tratamiento divulgativo que no le resta ni un ápice de rigor. A esto hay que añadir una claridad expositiva que no esconde su opinión -y podría decirse que su mirada feminista-. Y, no es menos valioso, sus frecuentes referencias a otras investigaciones, o testimonios, que enriquecen y fortalecen sus argumentos. Ya el prólogo es un anticipo de todas las confirmaciones que el texto siguiente nos traerá. Su autora, la reconocida psicóloga Anna Freixas, es una experta en el envejecimiento de las mujeres, la coeducación y su visión desde el feminismo y, en general, la evolución de la Investigación y docencia en psicología desde una perspectiva de género. Es, también, una de las pioneras en el tratamiento de la gerontología feminista en España.

Al igual que otras grandes pensadoras feministas contemporáneas como Rita Segato, argentina, cuando analiza el machismo y habla del “mandato de masculinidad”, o en su día, Kate Millet, al emplear el término sisterhood para definir la alianza fraternal entre mujeres que, posteriormente, Marcela Lagarde, mejicana, impuso en el español como “sororidad”, Carme Valls introduce conceptos que son un hallazgo epistemológico y semiológico, por su carácter científico y lingüístico. Así, crea nuevos conceptos cuando afirma que “la sexualidad es el lugar común de toda subjetividad”, “reivindicar el gozo que se siente con la salud”,  “la mujer vista como un no hombre se invisibiliza”, “el encarnecimiento médico con las mujeres” o “buscar la genealogía de nuestra propia vitalidad”, a partir de los cuales se adentra en analizar cómo se han ido consolidando ideas erróneas y sin base científica que discriminan a las mujeres como objeto de la ciencia y como sujetos de sus conclusiones y aplicaciones por los profesionales de la salud. Valls deja muy claro que es preciso “acuñar una nueva definición de salud” porque ya no nos sirve entenderla solamente como ausencia de enfermedad o como simple bienestar, y nos aporta la estimulante idea de que “si hemos de dar vida a los años, necesitamos una salud para disfrutar.”

En el análisis de las enfermedades que vienen considerándose específicamente femeninas, la autora desmonta los errores diagnósticos, investiga en la validez de los motivos que les son atribuidos y propone otra forma de acercarse a ellas por parte de los profesionales médicos y de la Investigación científica. El sesgo de género en estos casos evidencia que la medida única de análisis, diagnóstico y tratamiento, ha sido y sigue siendo el hombre.  Por ello anima a los profesionales expertos en ciencias de la salud a incorporarse a “un camino de trabajo y cooperación mutua que impregne el corpus científico androcéntrico de una visión médica capaz de abordar la salud de los seres humanos de una forma integral.”

Otro de sus muchos aportes es el nexo que establece entre las emociones vinculadas a las relaciones sexuales y afectivas como origen, o desencadenante, de auténticas enfermedades que hasta ahora han sido despachadas con tratamientos psicológicos y psiquiátricos, sin fundamentar su necesidad y eficacia. También se aprecia su interés y capacidad para atraer a un público objetivo donde las personas que sufren alguna de estas patologías conseguirán comprender las claves de situaciones de salud para las que, en muchos casos, llevan toda la vida sin encontrar ni el tratamiento, ni el trato, adecuados a sus dolencias y -por tanto- a un mayor riesgo a una cronificación de las mismas o a una muerte temprana. A ello se refiere cuando dice que “la especialización y la fragmentación mantienen entre las mujeres el desconocimiento y el extrañamiento del propio cuerpo y los propios síntomas. La sumisión practicada durante siglos y la reducción al silencio a la que se han visto sometidas no han facilitado la exploración de nuevas estrategias que cambien la situación. Los psicofármacos, al sedar las voces del malestar, han contribuido a hacer el silencio más profundo y hermético.”

Es también paradigmática su apreciación sobre la lentitud de los cambios en la ciencia y la dificultad de diseminar los resultados, pese a lo cual advierte a “las y los potenciales pacientes en busca de asesoramiento y consuelo para sus malestares que también deberán cambiar las propias actitudes frente a sus cuerpos y a su salud, decidiendo de la forma más libre posible si están dispuestas y dispuestos a emprender el camino en busca de su propia vitalidad.” Por dejar reflejada una de las dolencias que ejemplifican la no visibilización de una patología que sufren mayoritariamente las mujeres, Valls dedica un capítulo a la fibromialgia. Esta patología, una de las causas más frecuentes de dolor crónico, afecta al 2,7% de la población mundial y es más frecuente en mujeres entre los 40 y 49 años. En 1992 la Organización Mundial de la Salud la consideró como una enfermedad que se caracteriza por episodios de dolor corporal, cansancio, pérdida de la memoria, dificultad para la concentración y alteraciones del estado de ánimo. Aún hoy, veinte años después, en muchas ocasiones sus síntomas se consideran tan inespecíficos y subjetivos, que pueden derivar a quien los presentan a los servicios de salud mental.

En Mujeres Invisibles late, a lo largo de toda la obra, un aliento optimista que creo basado en la certeza de que, entendiendo los porqués de la situación, será posible que la comprensión se transforme en empatía y cada día más personas compartan sus conclusiones. De ser así, el cambio ocurrirá y será verdaderamente transformador.

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