El PENSAMIENTO FEMINISTA Y SOCIAL DE CONCEPCIÓN ARENAL* María Xosé Porteiro, Adjunta al Valedor do Pobo.

11 octubre, 2019 hablamos de feminismo

Concepción Arenal nació el 31 de enero de 1820 y falleció el 4 de febrero de 1893. Enseguida celebraremos su primer bicentenario, una fecha acaída para recordar a una gallega extraordinaria que se adelantó al pensamiento feminista español del siglo XIX, como demuestra su idea de que “la sociedad no puede en justicia prohibir el ejercicio honrado de sus facultades a la mitad del género humano”. Pionera del feminismo en su tiempo, su legado sigue vivo, vigente y, a pesar de todo, poco o mal reconocido. Excluir la Concepción Arenal del glosario feminista significaría ignorar su ingente esfuerzo intelectual y vital: se formó, reflexionó y trabajó, en la práctica, en materias concretas para liberar a las mujeres de la predestinación a ignorancia y la dependencia. Desarrolló una ingente labor intelectual que publicó en cerca de cuarenta títulos en los que criticó duramente a la sociedad de su tiempo y el rol excluyente otorgado las mujeres como madres y esposas, sin opción para acceder a los estudios.
Conviene recordar que el feminismo es un movimiento social y político de finales del siglo XVIII ( Victoria Sau), pero su primera onda llega serodiamente a España a respeto del resto de Europa. Llega la finales del siglo XIX y se extiende hasta principios del siglo XX; una segunda onda se centra en la década de los 60 y 70; una tercera abarca desde los años 80 hasta 2017; y se dice que estamos ahora en la cuarta onda. En la España de mediados del S. XIX, Arenal era una mujer nueva, en proceso de formación, y la diferencia del que sucedía en la mayoría de los países europeos desenvolvidos, en España no se hablaba de feminismo ni existían grupos o entidades con esta orientación y con un programa de reformas. La reciente, endeble y desartellada industrialización, la escasa fuerza de la Ilustración, el conservadorismo religioso y la estructura e intereses socio políticos, explican los serios problemas que tuvo que afrontar el feminismo en la sociedad española de la época. Esto condicionará, no solo el retraso del reconocimiento de los derechos de las mujeres, sino también el establecimiento de las más elementales libertades que tuvieron de esperar, en muchos casos, a la llegada de la República para ser reconocidas cómo ciudadanas de pleno derecho. Las opiniones de la época se dividen entre el convencimiento de la inferioridad biológica de las mujeres o la consideración de la “no conveniencia de que desarrollaran labores de profundidad y constancia” porque entraría en contradicción con el único oficio para lo cual estaban preparadas: lo de esposas y madres. Las mujeres, recluidas en el ámbito familiar, eran aceptadas y definidas según su capacidad para consolidar los valores de la vida doméstica. El feminismo actuaba contra la tradición, considerado como una herexía propagada por los enemigos de la fe y de España, para destruir la vida familiar y social.
Pocas mujeres escapaban de aquellos paradigmas pero las que lo hicieron, sufriendo la quiebra de su vida afectiva y personal, sirvieron de precedente. Entre ellas, con luz propia, Concepción Arenal, curiosamente considerada beata y conservadora en su visión sobre la situación de sus conxéneres y las salidas o soluciones para los múltiples oprobios, injusticias y maltratos sociales y personales de las que eran objeto, los sufrió en su propia vida. El feminismo de estos primeros momentos se centraba, no tanto en la demanda de igualdad política, como en la vindicación del derecho a la educación y el trabajo, o la revalorización del rol de madre y de la esposa. Luego no se adoptó la acción directa y violenta como estrategia ni se consiguió un grado destacable de militancia, pero algunas otras mujeres también empezaron la lucha por la igualdad: Dolors Monserdà (1845-1919), Teresa Claramunt (1862-1931), María de Echarri (1878–1955) y otra insigne gallega, Emilia Pardo Bazán (1851-1921), escritora y feminista, que denunció y criticó duramente la desigualdad educativa vigente entre hombres y mujeres y el sexismo en los ambientes intelectuales. Si nos fijamos en las fechas de las precursoras comentadas, todas nacieron en la segunda mitad del XIX y tuvieron su plenitud a finales diera siglo o principios del XX, mientras que Arenal ya tenía una avanzada edad y murió en 1893.
Fue precursora en la vindicación de la capacidad intelectual y el derecho a recibir la misma educación que los varones. En la en su juventud demostró su rebeldía e iniciativa cuando optó por vestirse al pelo masculino para acceder como oyente a la Universidad de Derecho, en Madrid. La educación universitaria estaba vedada a las mujeres pero ella consiguió el bagaje preciso para afianzar unos valores y principios que quedaron reflejados en la inteligente psicología de sus ensayos. Demostró una intensa preocupación por las más desfavorecidas: “En cuanto a los privilegios del sexo, renuncio solamente a ellos, por percibir que cuestan más del que valen” (sic). Fue la primera mujer con un cargo relevante en la administración española y destacó por la coherencia entre su pensamiento y su trabajo en una vida que algunas autoras califican como una auténtica cruzada feminista. Si bien no cuestiona los roles sexuales establecidos, su papel a favor de la emancipación de las mujeres en España es incuestionable. Defensora de su privacidad, destruyó documentos relevantes para evitar que su vida interesara más que su obra. Noustante, llegaron hasta nosotros informaciones que nos permiten valorar su esfuerzo.
Nació en Ferrol, hija de una madre de familia noble, hermana del conde de Vigo, y de un padre, militar liberal, que estuvo en la cárcel por enfrentarse con la monarquía absolutista de Fernando VII. Cuando el padre murió, tenía ocho años y conservó su herencia ideológica: creció con la idea de que debía defender sus convicciones personales y luchar por sus ideales. La madre la internó en un colegio religioso para aprenderla a comportarse como “una señorita”, pero con un programa de estudios que no estaba al nivel de sus preocupaciones intelectuales. Desde bien nueva tenía claro que “ser mujer no significa ser tonta”. Anceiaba cursar estudios superiores, algo inaudito en una mujer de aquella época. A pesar de la oposición de la madre, cuando recibió la herencia de su abuela, a los 21 años, comenzó a asistir la universidad. Con 28 años casó con el abogado y escritor, Fernando García Carrasco, de ideas avanzadas que vio a su compañera como la una igual y alentó sus inquietudes feministas, animándola a asistir juntos a tertulias literarias, mismo vistiendo ropa masculina. Utilizaba el nombre de su hijo Fernando para participar en concursos literarios, tomando prestada su firma en aquellas ocasiones en que una mujer se veía “fuera de juego”. Escribió poesía, teatro, zarzuela y novela; sus Fábulas en verso (1851) fueron declaradas lectura obligatoria en la enseñanza primaria.
El matrimonio García-Arenal colaboraba en el diario Lana Iberia pero cuando Fernando, gravemente enfermo, tuvo que dejar de escribir, ella siguió haciéndole los artículos. Al quedar viuda publicaba sin firmar pero vio reducidos sus honorarios a la mitad y, poco después, en 1857, dejó de publicar porque la Ley de Imprenta impuso el deber de firmar los artículos sobre política, filosofía y religión. Poco después fue cesada. Este y otros hechos semejantes la hicieron tomar conciencia de su condición de inferioridad por ser mujer. Brotó con más fuerza su creatividad literaria y abordó nos sus múltiples ensayos sus creencias morales y feministas. La muerte de su marido la alejó de los ambientes políticos y literarios, mas con su fuerte carácter y convicciones ideológicas, proyectó su pensamiento y mantuvo relaciones de amistad con destacadas figuras de pensamiento progresista, liberal o krausista.
En 1860 recibió un premio de la Academia de Ciencias Morales y Políticas por su obra “A Beneficencia, la Filantropía, la Caridad”, que le supuso el reingreso a la vida pública e intelectual. En seguida publicó su primera obra feminista: “La mujer del porvenir”, en la que intenta rebatir la supuesta inferioridad fisiológica de la mujer y demostrar su superioridad moral. El 4 de abril de 1864, la reina Isabel II, a través del ministro de Gobernación, Florentino Rodríguez Vaamonde, la nombra Visitadora de Prisiones de Mujeres. Tenía 44 años y se mantuvo en el cargo hasta 1865. Posteriormente publicó libros de poesía y ensayo como Cartas a los @delincuente (1865), Oda a la esclavitud (1866) –que fue premiada por la Sociedad Abolicionista de Madrid–, El reo, el pueblo y el verdugo, o La ejecución de la pena de muerte (1867). Tras de la revolución de 1868, el gobierno provisional la nombra Inspectora de Casas de Corrección de Mujeres, cargo que desempeñó hasta 1873. En 1871, había empezado una larga colaboración con la revista A Voz de la Caridad, de Madrid, en la que escribió durante catorce años sobre las penurias del mundo que la rodea.
Concepción Arenal marca el nacimiento del feminismo en España. Desde muy nueva luchó por romper con los cánones establecidos para las mujeres, rebelándose contra la tradicional marginación por razón de sexo y reclamando la igualdad en todas las esferas sociales. Aunque en muchos de sus escritos acepta que los papeles de madre y esposa fueran fundamentales en la vida de las mujeres, siempre subrayó que la experiencia de la vida femenina no podía centrarse en el ejercicio exclusivo diera rol. Como krausista, le otorgaba a la educación e instrucción de las mujeres un papel fundamental, porque “mientras la mujer no tiene otra carrera más allá del matrimonio, los hombres aprenden un oficio y las mujeres no”. Instrucción que la mujer debía procurar, pues ella denunciaba que los hombres de su época tenían “inclinaciones de sultanes, reminiscencias de salvajes y pretensiones de sacerdotes”. También critica al clero porque “en general, es muy ignorante, no querer a la mujer instruída y querella mejor como auxiliar para mantenerla en la ignorancia”.
En 1890, residiendo en Vigo, recibe la noticia de la defensa de su candidatura para ocupar una vacante en la Real Academia por parte de su paisana, Emilia Pardo Bazán. Dos años después, con la salud deteriorada, y ya como famosa penalista, con obras que tuvieron eco en toda Europa como “La instrucción del pueblo” o el “Ensayo sobre el derecho de gentes”, murió debido a un catarro bronquial crónico, cuatro días después de cumplir 73 años. En su epitafio figura el lema que la acompañó y a lo que dedicó toda su vida: “A La virtud, la una vida, a la ciencia”, mas su pensamiento más conocido está vigente hoy en día: “odia al delito y compadece al @delincuente”, en la que resume su percepción de los @delincuente como un producto de una sociedad reprimida y represora en la que siempre se puso al lado de los más y de las más débiles

Extracto del artículo del mismo título publicado en la revista Maremagnum (publicación gallega sobre los trastornos del espectro autista, ISSN 1698-5966, Nº. 19, 2015) en su ejemplar dedicado la: Aportaciones sobre el Síndrome de Asperger), pxs. 169-176

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